021c0f-6ba2d9d292db47b185cb5a0b0d5c8bb3mv2-685399fc02d17

MODA ECOLÓGICA

El negocio sostenible que queremos proponer hoy tiene que ver con la industria de la moda circular, y por ella entendemos, la moda que no deja residuos ni una estela de contaminación en el ambiente durante ninguna de sus fases de producción ni al final de su vida útil. Aunque existen algunas marcas de ropa con sello de sostenibilidad, hay que decir que realmente son escasas y no tan fáciles de encontrar en el comercio como nos gustaría; así que la consigna es que la industria de la moda sostenible prolifere, y sea la regla y no la excepción.

Para entrar en materia, hay que decir que cualquier emprendedor que quiera ser responsable en la esfera de la moda, debe observar desde el principio unos mínimos en torno al diseño y operación de su empresa que la hagan realmente circular. Para empezar, debe cuidar que todos sus insumos, telas, tejidos, hilos, accesorios y demás sean:

 

  • Biodegradables (si son sintéticos que sean 100% reciclados)

  • Cultivados según principios agroecológicos

  • Producidos y manufacturados localmente

  • Tratados naturalmente

 

Para hacer moda sostenible, la materia prima utilizada debe ser preferentemente un material biodegradable como el algodón, el lino, el cáñamo, la lana o similares, de alta calidad y máxima duración. Si el objetivo es hacer moda circular, la prenda debe durar el máximo tiempo posible, y ser totalmente compostable (degradarse por acción de los microorganismos) al final de su vida útil. De allí que la llamemos circular. Si se pretende incursionar con telas sintéticas, éstas deben ser 100% recicladas a partir de botellas o plásticos de segundo uso, o provenir de ropa usada reformada como una nueva prenda. Sin embargo, recuerda que el lavado de las prendas sintéticas arroja millones de micropartículas al agua tras cada ciclo y, por ende, aunque es mejor convertir las botellas en vestuario una vez acaben su vida útil, lo mejor de todo sería dejar de producirlas definitivamente. Así que si piensas emprender en temas de sostenibilidad en la moda ya sabes que los materiales biodegradables de máxima duración son el tipo de materiales en los que debes apalancar tu industria.

El segundo criterio se refiere a que las telas, hilos, tejidos, accesorios y demás insumos deben ser producidos agroecológicamente, es decir, siguiendo todos los estándares de la producción limpia: el cuidado del agua, control biológico de plagas, evitación de agrotóxicos y sustancias corrosivas. El algodón, por ejemplo, aunque sea un material biodegradable, cuando no proviene de cultivos orgánicos, es sumamente antiecológico, intensivo en demanda de agua y en uso de fertilizantes químicos y pesticidas. Otro aspecto a tener en cuenta dentro de los principios agroecológicos o regenerativos es que cuando la materia prima provenga de animales, éstos sean criados bajo los estándares de bienestar animal: libre pastoreo, alimentación balanceada, libres de incomodidad, estrés y dolor. El comercio de pieles, lanas, sedas y plumas conlleva regularmente maltrato animal, y se requiere una legislación fuerte, y una veeduría muy estricta para garantizar que no lo hay. La certificación RESPONSIBLE WOOD STANDARD (RWS)*, por ejemplo, asegura el bienestar de las ovejas desde la cría hasta el producto terminado. Esa es una muy buena herramienta para asegurarte como productor de que las materias primas que vas a conseguir, siguen los estándares requeridos. No está por demás enunciar en este apartado, que la moda circular o ecológica también debe cuidar el recurso humano, horarios flexibles, salarios justos y, por ningún motivo, el empleo de menores de edad. Para los emprendedores interesados en este tipo de negocio, es importante saber que existen unos sellos de calidad para la industria textil como OEKO-TEX o ECOLABEL entre otros, que garantizan la procedencia orgánica de los insumos de la confección**

El tercer criterio de la moda circular o sostenible, se refiere a que sus materias primas deben ser producidas lo más cerca posible de su lugar de manufactura. Si se va a producir ropa ecológica en Colombia, la materia prima debe ser también originaria de Colombia y manufacturada en el país; y esto vale para cualquier país o región. En nuestro país, por ejemplo, de tradición eminentemente agrícola, hay empresarios de la agroindustria con los que se podría pactar la siembra de cultivos de algodón orgánico. Otro actor importante para abastecerse de este tipo de materiales son las comunidades indígenas que producen telas y tejidos orgánicos a partir de telares manuales; comprar su producción no sólo es una opción ambientalmente sostenible sino una práctica socialmente inclusiva. Que las diferentes fases de la producción sean de origen local, es muy importante para evitar la huella de carbono (emisiones de CO2 a la atmósfera. Ver glosario) generada por cuenta del transporte marítimo en el actual comercio globalizado.

El último de los factores enunciados y, por cierto, no menos importante, es el que tiene que ver con el tratamiento de las telas y tejidos. Muchas prendas de vestir en la actualidad son catalogadas dentro de la industria como de “cuidado fácil”, es decir, suaves al tacto, resistentes a las arrugas, a las manchas y a la polilla. Esas características, por supuesto, muy deseables para el consumidor, se logran, sin embargo, mediante la adición de peligrosas sustancias químicas que no solamente son perniciosas para el ambiente, sino que pueden producir todo tipo de alergias y problemas en contacto con la piel***.

Así que una moda sostenible o circular debe priorizar la salud del consumidor y de la naturaleza, sin sacrificar la belleza, la comodidad ni la sofisticación que, sin duda, se pueden compensar con el diseño. Un emprendimiento de moda realmente ecológica debe usar materias primas de la más alta calidad, y propender por la manufactura de prendas naturales, que no se deterioren con el lavado, ni sean adicionadas con sustancias químicas; prendas preferiblemente sin teñir, en tonos crudos, o que se coloreen con tintes vegetales, aunque sean menos estables. Ropa viva, que se arrugue y le pasen naturalmente los años sin perder su realce, y al final de su vida útil pueda volver a ser tierra sin dejar contaminantes detrás suyo.

Una buena marca para este propósito podría llamarse “EN CRUDO” y hacer comercial una moda desprovista de tintes, usable por el reverso y el anverso, de algodones y linos de primerísima calidad para que el paso de los años no la deteriore fácilmente. Eso le daría un toque de nobleza y elegancia que la posicionara en el mercado. Dado que estamos en la era del poliéster, de las telas fabricadas a partir de moléculas de gas y petróleo que, hay que reconocerlo, son altamente competitivas en cuanto a costos, versatilidad y atractivo, las materias primas naturales prácticamente han desaparecido de escena o se han erigido en lujo. El algodón y lino orgánicos son realmente costosos, y se han convertido en un símbolo de exclusividad y, por ende, de difícil acceso en términos económicos.

Aquí tal vez quepa recordar el viejo eslogan “no competimos con precios, competimos con calidad” como una alusión a la industria que hacía las cosas para durar, y en la que lo importante era lograr prendas que mantuvieran su lustre mientras pasaban de generación en generación. Desde luego que todo este detalle y finura en el proceso de manufactura, incrementa los costos de producción y, por ende, el precio final de las prendas, lo que puede hacerte desistir como emprendedor en este campo. En este caso es conveniente echar mano de un recurso teórico y de otro práctico. El recurso teórico es señalarles a tus clientes que lo importante no es la cantidad sino la calidad, y que pueden tener menos, pero mejor. El recurso práctico es recordarles que pueden adquirir el producto a través de sistemas de separado o financiación, haciéndoles hincapié -siempre desde la mayor honestidad- de que el sobrecosto pagado, es simplemente el resultado de ser responsables con el Planeta.

Como detalle final en tu emprendimiento de moda sostenible están las marquillas y los empaques que deben ser igualmente fabricados en tela biodegradable o papel reciclado, y sus etiquetas adheridas al vestuario con cordones asimismo de algodón o yute, evitando todo material plástico.

Respecto a los empaques, lo ideal sería prescindir de ellos, pero en caso de incluirlos, serán igualmente de tela y con un sobrecosto que, preferiblemente disuada a los clientes de querer llevarlos consigo. Después de todo, es una prenda y no un empaque lo que han venido a comprar.

Más Negocios sostenibles

021c0f-dee32bffc5a34905be8a030a51675b6fmv2-685396d891b4f

CAMIONES CISTERNA

De la mano con la propuesta anterior de un supermercado a granel, corre la de una flotilla de camiones cisterna para el embalaje y transporte de víveres y abarrotes. Ciertamente no hay nada nuevo en proponer el uso de camiones con tanques o depósitos para el envío de mercancías. Éstos se usaron para el transporte de leche, vino y aceite, y se usan en la actualidad para el transporte principalmente de combustibles y químicos. Pero dado el auge y versatilidad de la industria de los empaques y las ventajas que trae aparejadas, la mayor parte de los fabricantes ha optado por empaquetar su producción para la venta al detal, y lo más sostenible que suele proponerse, es el uso de empaques de papel* para reemplazar a los de plástico. Pero es aquí donde quisiéramos llamar la atención: si los camiones-cisterna se utilizaron en el pasado para el transporte de alimentos, y se usan en la actualidad para ciertos gases y líquidos, ¿qué impide que los podamos usar para el transporte de granos, harinas, salsas y cualquier otro producto de la canasta familiar? 

Ciertamente no se está proponiendo aquí nada nuevo. Lo que se propone es revalorizar las ventajas de una tecnología ya conocida para el logro de un objetivo ambiental. La mejora que, en términos de disminución de residuos, representaría la instalación de un sistema de cisternas o incluso de big packs (grandes bolsas) retornables para el transporte de materias primas y/o producto terminado, sería astronómica. La capacidad de las cisternas varía entre 5 mil y 50 mil litros o más. ¿Te imaginas cuántos empaques podrían ahorrarse en un sólo viaje? Ello no solamente reduciría costos ambientales sino económicos. No hay que olvidar que la enorme sofisticación de muchos empaques, a veces relacionada con la conservación y alargamiento de la vida útil del producto pero también obedeciendo a la simple estética o a las tendencias del mercado, encarece enormemente su costo final; al punto que muchas veces vale más la envoltura que el propio contenido.

No hay duda que los camiones-cisterna podrían ser la solución a la producción masiva de empaques dada su gran versatilidad y costos comparativos, y podrían convertirse en un negocio lucrativo, en especial, hoy día que la legislación avanza hacia la prohibición de plásticos de un solo uso, y las tasas impositivas hacen viable y atractivo el tránsito a otra forma de distribución. Una oportunidad por demás interesante para las actuales empresas productoras de empaques y conocedoras de la industria de alimentos, que quieran transformar su razón social hacia la distribución sostenible. Un dato interesante en esta dirección es que no se requiere la propiedad de los vehículos como tal. Bajo un modelo de renting o alquiler es posible prestar el servicio de transporte de carga.

Por supuesto, hay varios retos que enfrentar para emprender en este campo. El primero de ellos, tiene que ver con la conservación del producto durante su transporte, esto es, con la preservación de sus condiciones organolépticas, su inocuidad, calidad y demás. De allí que las cisternas o depósitos tengan que fabricarse con recubrimientos internos especiales grado alimenticio para conservar intactas las condiciones y características de los alimentos, y manejar un perfecto protocolo de asepsia para el cargue y descargue de cada producto. Así que quien se quiera medir en este campo, debe poner toda su capacidad técnica e intelectual al servicio de un diseño de transporte que traslade la materia prima desde su lugar de cosecha hasta la fábrica o lugar de transformación, y de allí, como producto terminado hasta el supermercado o lugar de distribución, bajo el eslogan fresco del campo a tu mesa y sin empaques, conservando intactas todas sus características y atributos.

Ese es el segundo reto, el ingreso del producto al supermercado. Y no es un desafío menor, requiere aunar muchas voluntades para concertar el envío, la recepción y el almacenamiento del producto en tolvas o surtidores de los que el consumidor final podrá tomarlo llevando su propio empaque reutilizable. De allí que esta idea de negocio sostenible deba ser articulada con la anterior, pues un supermercado a granel requiere de un transporte en cisternas y viceversa, el transporte en reservorios o cisternas necesita la existencia de tanques dispensadores en los supermercados y tiendas para albergar la carga que transportan.  

El tercer reto importante en este tipo de negocio, es que requiere una compleja logística de transporte para garantizar la carga en todos los trayectos, pues ni es económica ni ecológicamente sostenible que éstos viajen con el depósito o contenedor vacío. Pero justamente hoy que las telecomunicaciones están a la vanguardia, debería crearse -si no existe ya- una aplicación que funcione como una especie de bolsa o central de carga donde cada empresa oferte diferentes cargas para transporte, y los transportadores puedan ajustar el round-trip o viaje de ida y regreso, viabilizando así el servicio. 

*Sobre el uso de papel en reemplazo del plástico, es importante recordar que, aunque aquél es biodegradable, también tiene su propia huella ambiental negativa al demandar recurso vegetal. Para detalles, ver en Blog el post ¿Bolsa de papel o de plástico?

Más Negocios sostenibles

021c0f-47a658a85d964d368b6f1ed729a36ae4mv2-685390f26e523

SUPERMERCADOS A GRANEL

Los supermercados package less o a granel representan una idea obvia en un proyecto que busca reducir residuos. Nos urge una estrategia de compra en la que no se produzca un sólo empaque a la hora de mercar. Imaginamos un gran supermercado con sofisticados y potentes contenedores o dispensadores rellenos con todo tipo de víveres, comestibles, bebidas y demás productos de consumo tanto en estado sólido como líquido, que puedan ser fácilmente accionados por el consumidor para recargar sus propias bolsas y botellas.

No hay duda que la dispensación de todos los bienes de consumo del más variado tipo, desde carnes frías hasta pañales, pasando por granos y abarrotes, aceites, salsas, lácteos, jabones líquidos y cualesquiera otros productos de consumo masivo, incluidos medicamentos, puede llevarse al formato de distribución a granel, generando grandes beneficios ambientales. Por cierto que no se trata de una idea nueva; muchos supermercados cuentan con tolvas para el despacho de granos, cereales y azúcar principalmente, pero la oferta es realmente limitada y los consumidores no son alentados a mercar en este tipo de formato. Quizás los mejores dispensadores son los que algunas empresas han instalado en aeropuertos, terminales de transporte, bibliotecas, colegios y parques públicos para el expendio de diferentes artículos como snacks y aseo personal; el reto ahora es hacerlo extensivo a todos los productos de la canasta familiar y sin empaques.

Se trata de un proyecto ambicioso no sólo desde el punto de vista económico sino de ingeniería por todas las variables que lleva involucradas en términos de inocuidad, practicidad, mercadeo e innovación. Por lo pronto, requiere el trabajo conjunto entre la ingeniería mecánica, electrónica, de producto, de diseño y de alimentos entre otras, a fin de sortear con éxito todos los retos que surjan en el camino para hacer viable una especie de supermercado del futuro, ultramoderno en su concepción y arquitectura, y con toda la variedad, comodidad, practicidad, estética y ética de un proyecto ambientalmente responsable. Si hoy se habla tanto de la responsabilidad social empresarial, es evidente que viabilizar estrategias que alivien la carga que los empaques crean sobre los ecosistemas, debe estar en la agenda de cualquier empresario o comerciante, por lo que también puede reclamar exenciones tributarias contempladas en la ley.

 
El formato de un supermercado de este tipo debe, en primera instancia, pensar en la distribución de los tanques dispensadores dentro de su espacio interior a fin de proceder a su constante recarga de la manera más expedita. Así, puede pensarse en dos formatos complementarios según sea que la recarga se haga por carros cisternas o mediante cartuchos recargables. En el primer caso, los tanques deben ser ubicados uno enseguida del otro, en la periferia del almacén, con la cara frontal mirando hacia adentro y la parte trasera hacia afuera, para que puedan ser llenados por las mangueras desde el exterior a la manera que se echa gasolina a un automóvil, sin interferir con el espacio interno del supermercado. El segundo formato, dispondrá los tanques en un esquema circular en un sólo gran círculo o en varios, a semejanza de las actuales bahías o stands de los supermercados, dejando un espacio o pasillo para que un operario pueda recargarlos desde la parte trasera a través de cartuchos recargables retornables (nada desechable). La ventaja de los cartuchos de recarga sobre los tanques, es que pueden viajar hasta la fábrica para su lavado y posterior rellenado.
 
Los tanques o contenedores, por su parte, deben estar elaborados en acero inoxidable grado alimenticio o cualquier otro material que preserve la sanidad del producto e impida su deterioro. Deben así mismo contar con sensores de nivel que alerten cuando esté próximo a agotarse el contenido a fin de proceder a su oportuna recarga. El mecanismo de dispensación debe asegurar la inocuidad impidiendo que el recipiente llevado por cada consumidor entre en contacto con el tanque dispensador para evitar la contaminación, a la manera como lo hacen los dispensadores de jabón o las llaves de agua en los lavamanos de sitios públicos que, por medio de una fotocelda, permiten dispensar sin necesidad de contacto.

Para facilitar la compra, el supermercado prestará el servicio de lavado y esterilización de envases retornables (siguiendo un estricto protocolo avalado por la autoridad sanitaria) que, desde luego, incluirá dentro de su operación, a fin de mantener siempre envases perfectamente higienizados. Algo completamente factible y a lo que todos estábamos acostumbrados con el consumo de gaseosas o cervezas antes de que llegaran los envases no retornables. Así, cada consumidor entrega en el supermercado (en un punto previamente establecido) los envases para su limpieza y desinfección, y posteriormente se dirige a hacer su mercado pasando por cada contenedor y tomando de la parte inferior, el envase respectivo ya lavado, esterilizado y con un precinto de papel que garantice su inocuidad para proceder a su llenado.

Quizás lo más importante para poner en funcionamiento una iniciativa de este tipo, es crear confianza en el consumidor mediante campañas perspicaces y decididas acerca de las bondades de este modelo de mercado a través de atractivas pantallas en los propios pasillos del supermercado, en los que se muestre desde videos e instructivos sobre cómo mercar, hasta videos sobre la problemática ambiental, ayudando así a cambiar el chip de los consumidores del modelo tradicional empacado al modelo futurista package less (sin empaque). 

Los supermercados futuristas package less son un proyecto ambicioso no sólo desde el punto de vista económico sino de ingeniería por todas las variables que lleva involucradas en términos de inocuidad, practicidad, mercadeo e innovación. Por lo pronto, requiere el trabajo conjunto entre una ingeniería mecánica, electrónica, de producto, de diseño y de alimentos entre otras a fin de sortear con éxito todos los retos que surjan en el camino para hacer viable una especie de supermercado ultramoderno en su concepción y arquitectura, y con toda la variedad, comodidad, practicidad, estética y ética de un proyecto ambientalmente responsable. Si hoy se habla tanto de la responsabilidad social empresarial, es evidente que viabilizar estrategias que alivien la carga que los empaques crean sobre los ecosistemas, debe estar en la agenda de cualquier empresario o comerciante, por lo que también puede reclamar exenciones tributarias contempladas en la ley.

Ahora bien, si el formato de tanques dispensadores parece muy costoso o complicado, también podría pensarse en la dispensación de víveres en empaques retornables con el mismo formato de supermercado que conocemos, pero en la que todos los productos (líquidos, salsas, harinas y demás) vengan en envases de vidrio (que garanticen su conservación) con tapa metálica y precinto de seguridad en papel reciclado, que asegure que no han sido abiertos para tranquilidad del consumidor.

Desde aceites de cocina hasta pastillas de chocolate pueden muy bien compaginarse con este formato, en el que cada comprador puede llevar los envases a casa dejando un depósito extra que asegure que los devolverá para su debido lavado e higienización por parte del supermercado en la próxima compra. El supermercado solicitará al comprador que el envase devuelto no tenga residuos en su interior para evitar sobrecostos en su lavado y esterilización, cobrando una pequeña sobretasa cuando ello no se verifique. Es obvio que tanto productores como distribuidores y consumidores debemos hacer nuestro aporte para aliviar la contaminación.

Para los productos sólidos o que no ofrezcan riesgo de contaminación, viene muy bien desde el punto de vista práctico y estético su presentación directa al público en stands o bahías. Desde jabones en barra, juguetería, artículos decorativos y de cocina, hay un centenar de productos que fácilmente pueden carecer de empaque sin representar ningún riesgo biológico. Whole Foods, la cadena norteamericana de propiedad de Jeff Bezos fundador de Amazon, tiene un amplio portafolio de productos package less (sin empaque) que la han convertido en un ícono para los compradores que quieren mejorar sus prácticas medioambientales.

Lo propio puede hacerse con las frutas y verduras, y para obviar los empaques que no agregan valor a lo que nació, creció y se desarrolló a la intemperie, la mejor manera de preservarlas, es colocarlas a disposición del público en cestas y canastos lo más pronto posible luego de su cosecha; todo lo cual se logra observando un obvio principio de sostenibilidad: preferir lo que menos viaje. Eso implica abastecerse del agricultor local que, bien puede no tener toda la disponibilidad de productos que quisiéramos, pero en contraposición, puede ofrecerlos muy frescos, recién cosechados y a precios más favorables dado que no tiene que cubrir grandes costos en transporte.

Los productos cárnicos que hasta el día de hoy se expenden a granel y deben exhibirse, por supuesto, dentro de congeladores, son también otro ejemplo de lo fácil que resulta para la tienda o supermercado disponer de unos recipientes a los que se les aplique la debida tara (restar el peso del recipiente) al momento de pesar la compra de los clientes, bien sea para que los dependientes del almacén la empaquen en los contenedores plásticos o de vidrio que los compradores lleven para hacer su mercado, o si se prefiere, para entregárselas en un punto definido, para que ellos mismos la reempaquen.

Respecto de ítems como la panadería, galletería y afines, su exhibición en vitrinas que mantengan el producto a resguardo del público pero al mismo tiempo permitan el autoservicio, es una estrategia de mercadeo que en la actualidad funciona bastante bien incluso en supermercados de cadena, y en la que los consumidores pueden abastecerse llevando sus propias bolsas reutilizables de tela.

Más Negocios sostenibles

021c0f-aeee24b18ad54945b3198c6c80f30a0fdh5mv2-685387909c75f

Empresa de servicios de compostaje

La primera idea de empresa sostenible que queremos presentar es la de un servicio de compostaje de residuos vegetales para unidades residenciales, colegios, restaurantes, centros comerciales, centrales de abasto y demás instituciones que presten servicios de comedor y generen tal tipo de residuos en grandes cantidades. Una idea obvia dentro de los objetivos de esta página, y que realmente echamos en falta.

Tal vez no lo sepas, pero hay muchísimas personas e instituciones que quisieran ser ambientalmente responsables y hacer algo constructivo con sus residuos biodegradables pero no saben cómo hacerlo, así que estarían dispuestos a pagar un importe por ello. He aquí una oportunidad atractiva para ofrecer el servicio de conversión de residuos en abono. Así, la gente te entregaría su “basura” y al cabo de un tiempo estipulado, tú les devolverías abono para sus plantas.
 
Lo primero que se necesita es una logística de recolección del residuo que incluya capacitación de los clientes para separación en la fuente y recolección puerta a puerta. Ese servicio puedes prestarlo tú mismo a través de talleres o recomendando alguna página de internet. Obviamente puedes recomendar La red sin residuos que es totalmente gratis, y explica cómo recolectar los residuos en la cocina de modo práctico e higiénico sin tener que guardarlos en el refrigerador.
 
Una vez que tus clientes han sobrepasado el primer obstáculo que es atreverse a hacer la separación de residuos, viene el segundo reto: la recolección en el sitio. La recolección de los residuos de tus clientes puede hacerse tanto en cuñetes plásticos como en cantinas (ollas lecheras) de aluminio con tapa hermética. Para facilitarles la tarea, puedes incluir en tu negocio un modelo de recambio de envases. Así, el día que les recoges un cuñete, les dejas otro “nuevo” para que inicien inmediatamente el llenado del segundo. Lo mismo aplica para restaurantes y similares donde el cuñete será reemplazado por un barril o caneca de mayor capacidad.

El servicio de conversión de residuos vegetales en abono, puede prestarse tanto in situ como ex situ, es decir, en el propio lugar donde se producen si hay un espacio verde comunitario para su gestión, como en un sitio externo, si se trata de un edificio, conjunto o institución donde no hay zona verde. En este último caso, se requiere disponer de un espacio rural, sea una finca o parcela y de un sistema de transporte que recoja los residuos y los lleve a su lugar de tratamiento.

Una de las primeras cosas a definir es cuál será el método de compostaje que usarás dado que eso influirá en los tiempos de entrega y la calidad del compost. Por ejemplo, si decides compostar por medio de lombrices, tendrás abono de excelentísimas propiedades en el lapso de 10 o 15 días. Si usas el método estándar de compostaje y maduración de residuos se puede tardar entre 5 y 6 meses. La elección dependerá de tus propias posibilidades y las prioridades de tus clientes, lo que supondría un diferencial en la tarifa.

Como es muy probable que buena parte de tus clientes no estén interesados en recibir el abono al final del proceso dado que viven en casas o apartamentos y no cultivan plantas, lo más probable es que te vas a ir aprovisionando de buena cantidad de abonos y fertilizantes que te convertirán en un productor de agroinsumos orgánicos, con lo que ganarás por partida doble.

El modelo de compostaje de residuos vegetales puede también hacerse extensivo a todos los residuos biodegradables. De hecho, las empresas de aseo que actualmente recogen toneladas diarias de basura indiscriminada en nuestras ciudades, podrían replantear su quehacer considerando una gestión y destino diferente para cada tipo de residuo biodegradable, impulsando desde la fuente su correcta separación, con lo que se evitaría llenar más rellenos sanitarios haciendo al tiempo algo útil con los residuos.

De acuerdo a la clasificación que hemos planteado para la gestión de los residuos biodegradables, éstos se dividen en: vegetales, cárnicos y sépticos. Cada uno de esos residuos pide un tratamiento diferente en cuanto tiene una carga bacteriana característica (que no aconseja su mezcla), y una destinación particular.

Así que el servicio de recolección y tratamiento de residuos biodegradables incluiría tres vertientes diferentes: 

 
  • Compostaje de residuos vegetales con destino a abono

  • Transformación con valor agregado para residuos cárnicos

  • Elaboración de pozos sépticos para residuos contaminados 

Esta clasificación implicaría una recolección selectiva de residuos que podría hacerse en días específicos según lo defina cada empresa. Los residuos vegetales se recogerían en canecas bien tapadas y desprovistas de bolsas (como se hacía antes), vaciando su contenido al depósito de recolección, y llevándolo directamente a una planta de compostaje. Lo propio se haría con los residuos cárnicos en buen estado, y en canecas igualmente selladas para evitar que se derramen o esparzan. 

Hoy día nos hemos acostumbrado tanto a las bolsas, que hemos olvidado que hace 40 años la basura se tiraba simplemente en la caneca y de allí se pasaba al camión recolector. Si tenemos reparos respecto de la asepsia, debemos recordar que las bolsas no cambian nada. El depósito o receptáculo de un camión recolector de basura sigue siendo un ámbito totalmente contaminado desde el punto de vista bacteriológico, y por ende, desaconsejado para cualquier ser humano, y una bolsa no va a cambiar esa circunstancia. Si realmente se quiere promover un sistema de recolección más higiénico, habría que empezar por diseñar un carro recolector y unas canecas especiales, que fueran, por ejemplo, elevadas desde el suelo por un brazo móvil y vaciadas al interior del depósito mecánicamente, mientras éste permanece cerrado. En Estados Unidos, la recolección de la basura opera siguiendo un modelo semejante. La caneca de basura provista de llantas traseras, es arrastrada por el operario y enganchada al depósito del camión recolector que la levanta y vacía su contenido al interior, evitando así que el operador entre en contacto con la basura.

Sea el momento de decir que las canecas elaboradas para este fin deben ser de un material prácticamente indestructible como el metal. Si se fabrican canecas plásticas quebradizas que haya que estar reemplazando periódicamente será más el daño que la mejora ambientalmente hablando.

Ya para la gestión de los residuos sépticos o contaminantes (para enterarte de cuáles son, te recomendamos ir a la sección Adiós a tu basura, clickear Compostaje, y luego residuos sépticos) que requieren de mucho más cuidado por el riesgo biológico que representan, es importante que éstos se desplacen lo menos posible. Así que valdría la pena estudiar la posibilidad de procesarlos in situ, es decir, en el propio lugar donde se producen. 

La empresa recolectora de basura podría ofrecer el servicio de sistemas sépticos en las unidades residenciales atendiendo a la disponibilidad y características de las instalaciones físicas de aquéllas. Aunque la mayoría de los pozos sépticos se encuentran bajo tierra, también se pueden construir sobre el terreno si se cuenta con el espacio debido. Qué se requiera y los detalles de su ejecución para eliminar todo riesgo biológico en su operación, llenado y demás, ya son cuestiones que competen al ámbito de la ingeniería sanitaria.

Y así, con este método de procesamiento de los residuos compostables por parte del prestador de servicios de aseo, el shut de basuras en las unidades residenciales que lo posean, sería de uso exclusivo para el reciclaje, que puede ser recogido por la misma empresa de aseo o por un tercero.

Si eres un emprendedor independiente, también puedes decidir prestar sólo uno o dos de los tres servicios enunciados ya que los tres tipos de residuos pueden tener destinaciones muy diferentes. En el caso de los residuos vegetales, éstos están destinados a convertirse en abono, mientras que los cárnicos pueden ser utilizados tanto como abono para el suelo como para elaborar alimento concentrado o helados para mascotas. Ya en el caso de los residuos sépticos, se trata sólo de su salubre transformación.

Para cualquiera de los tres servicios necesitas conocer la normativa de las autoridades sanitarias dado que son residuos (especialmente los dos últimos) que requieren manejo especializado para evitar problemas de salud pública.

Más Negocios sostenibles

021c0f-0bef24e12b214b6fb86b31a2447c777amv2-68537dca70211

LO QUE NADA NOS CUESTA…. VOLVÁMOSLO FIESTA!

¿Has visto gente que en lugar de tomar una servilleta en un restaurante toma la docena entera, o se envuelve las manos en largas tiras de papel higiénico para entrar al baño en un centro comercial? Siempre me pregunto si hacen lo mismo en sus casas, o allí resultan ser un poco más mesurados en el gasto. Lo que nada nos cuesta volvámoslo fiesta era un estribillo repetido con frecuencia por madres y abuelas para reprender nuestro descuido a la hora de tratar los recursos comunes o las pertenencias ajenas que, precisamente por ser ajenas, no siempre eran tratadas con el esmero debido.

En realidad, el despilfarro de recursos es un hábito tan extendido, que se puede apreciar en cualquier estrato socioeconómico tanto a nivel individual como grupal sin que importe mucho si los recursos son propios o ajenos. Tiene lugar en el consumo personal, en la vida familiar, en los presupuestos de las empresas y en el corriente funcionamiento del estado. Es una práctica acometida por trabajadores particulares y funcionarios públicos en el desarrollo de sus labores cotidianas sin perjuicio de a qué estrato económico pertenezcan, ni de que en sus propios hogares vivan en la más absoluta austeridad o limitación económica. 

Incluso llega al mismísimo absurdo y descomedimiento, a veces por políticas sanitarias o empresariales improvisadas y sin mucho fundamento como se ve diariamente en centros de salud, restaurantes y almacenes de cadena, entre otros. El otro día, con ocasión de la compra de una planta en un vivero, el dependiente empezó a empacarla en una bolsa plástica antes de que yo pudiera prevenirle respecto a que no llevaría ningún empaque. Aunque lo detuve al instante, arrojó la bolsa de la forma más indolente a la basura sólo porque ésta se había untado mínimamente de tierra sin importar que estuviera nueva y en perfecto estado, y fuera aprovechable para muchas otras funciones de empacado, incluso para otra planta. Como si los recursos no le costaran a nadie, la gente los despedaza y los tira por la borda en una sorda y despiadada cascada de consumo.

Y no se pierde la oportunidad de saquear ninguna fuente que parezca gratis. Por eso la gente se lleva las mantas, revistas y auriculares de los aviones así como los frascos de jabones, champús, toallas de papel y pantuflas que encuentran en los hoteles sin siquiera necesitarlos, con la excusa de que ya están pagos, de que el pago incluye todo este tipo de souvenires, y que por eso no los pueden dejar. Si se pagaron hay que gastarlos. Y entonces el dinero se convierte en la moneda que valida el derroche innecesario de recursos.

Tal vez todo el malentendido tenga que ver con que en nuestra cultura se han llegado a equiparar los recursos naturales con los recursos económicos; es decir, si se tiene dinero, se pueden comprar los recursos naturales necesarios no sólo para la supervivencia sino también para lo fútil. Si tienes dinero, tienes derecho a derrochar recursos es la conclusión necesaria de esta forma de pensar y actuar tanto a nivel personal como empresarial.

Pero desde el punto de vista de la naturaleza la contabilidad no es así; porque si bien en el mercado se da prelación a quien tiene capacidad de compra, para la Tierra sucede de otro modo. Se puede tener todo el dinero que se quiera, pero eso no hará que crezca hierba entre las dunas. Es decir, quien tenga capacidad adquisitiva puede pagar lo que el mercado ofrece siempre y cuando esos recursos estén disponibles en la naturaleza. Pero si por razones ecosistémicas ellos no están a disposición, ni todo el oro del mundo hará que revienten. 

La naturaleza no obedece a nuestras demandas ni se pliega a nuestra capacidad de compra. Ella brota de su propia gratuidad y es absolutamente magnánima; pero no sabe nada de dinero, de paquetes promocionales, de clientes VIP, de pagos por anticipado, no sabe nada de las transacciones que realizamos sobre ella. Por eso, cada vez que tomas más recursos de los que necesitas, no importa cuánto hayas pagado por ellos, ni cuanto derecho creas que tengas a llevar más de la cuenta, estás abusando de su magnanimidad, y no por portentosa dejará de extinguirse si se exprime sañudamente.  

Una interesante campaña para disminuir el desperdicio de comida, reclama que a la Tierra le cuesta mucho producir todos esos alimentos, y que por ende, no hay que desperdiciarlos. Por esa misma vía se enruta esta reflexión. Todo lo que produce la Tierra implica toneladas de energía, agua, biomasa y tiempo, a veces mucho tiempo como en el caso del gas o del petróleo. Así que el malgasto de provisiones es siempre un desconocimiento o un olvido de cuantas variables ecosistémicas se han puesto en juego para producir X o Y recurso, y de cuánto tiempo estarán disponibles.

De modo que trata la Tierra como si fuera tu propia casa porque en realidad lo es. De la misma forma que planificas el gasto y ahorras alimentos, recursos e insumos de todo tipo en tu casa pequeña, ahórralos en tu casa grande. Nunca tomes más de la cuenta en un sitio público o privado, y sé parco de todos modos. No pienses que le estás ahorrando servilletas al dueño del restaurante o café, estás ahorrándole árboles a los bosques. Eso no sólo repercutirá en la disponibilidad de recursos, sino que puede abaratar los costos de muchas empresas y negocios que pueden traducirse en beneficio económico para todos. Es posible que el dueño del restaurante o del café vea el beneficio en el ahorro de servilletas y vasos desechables de todos sus clientes y también decida bajar los precios. Aunque no importa si no lo hace. No importa si decide guardarse en los bolsillos lo que le estás ahorrando en insumos, de todas maneras estás cuidando la Tierra y eso te beneficia directamente a ti y a los tuyos. Es ganancia para todos. 

Post Recientes

021c0f-8f951fb5a59e4142836f268c69f3a3ebmv2-68537b939dd83

UN ARMA MORTAL EN TUS MANOS

Como herederos de Pasteur, el célebre químico y microbiólogo francés que rehusaba un apretón de manos por temor a contagiarse de microorganismos, hemos crecido en el imaginario de que las bacterias son unos diminutos pero virulentos enemigos de nuestra salud. Y por cierto, que muchos lo son. Las bacterias son responsables de la neumonía, la tuberculosis, la salmonelosis y la meningitis, entre otras enfermedades de alta mortalidad, que cobran millones de vidas cada año. Así que no es gratuito que produzcan el temor que producen y ocasionen una alerta socialmente generalizada que nos hace verlas como adversarios declarados a los que hay que hacerles una guerra frontal. Pero ese es el grave problema de las generalizaciones, que meten en el mismo saco fenómenos totalmente disímiles y hasta opuestos, que nos impiden verlos en su específica singularidad .

Lynn Margulis, la prominente bióloga estadounidense -quizás la más destacada del siglo XX- conocedora como nadie del mundo microbiano, usa una narrativa totalmente diferente y empática para referirse a las bacterias. Las llama señores de la biosfera dada su enorme importancia para el mantenimiento y bienestar de toda la esfera de la vida. Margulis enseña que fueron las bacterias las que comenzaron a utilizar la energía de la luz solar para descomponer las moléculas de agua, obteniendo por un lado el oxígeno de la atmósfera (necesario para la vida) y por el otro, el hidrógeno que más tarde se combinó con átomos de carbono para fabricar DNA, proteínas y demás componentes celulares que hicieron posible formas de vida más complejas. Con su gran talento metabólico, las bacterias pueden fotosintetizar como las plantas, descomponer como los hongos, captar la luz, producir alcohol, ácidos orgánicos como el vinagre, expeler hidrógeno y fijar el nitrógeno gaseoso[1]* (hacer aprovechable el nitrógeno para la mayoría de seres vivos).

Todo nuestro mundo está plagado de bacterias beneficiosas que hacen posible nuestra propia supervivencia en el Planeta. Cada centímetro cúbico de tierra, aire o agua las contiene en millones, y son ellas las encargadas de hacer los ciclos biogeoquímicos o reciclaje natural que mantiene el balance planetario. Las bacterias abundan en suelos y en aguas como en plantas de tratamiento de desechos donde degradan basuras. La regeneración de los ríos, por ejemplo, se produce debido a que sus lechos poseen enormes colonias de microbios especializados en la degradación de materia orgánica, al tiempo que microbios fotosintetizadores y autotróficos (que fabrican su propio alimento) generadores de oxígeno. Lo propio ocurre en el sustrato terrestre donde la presencia de las bacterias es absolutamente indispensable para la agricultura y la producción de alimento. Son las bacterias las que hacen que los nutrientes del suelo estén disponibles para la vegetación al transformar la materia orgánica en dióxido de carbono, amoníaco, nitrógeno, fósforo y sales minerales, sustancias más simples que puedan ser absorbidas por las plantas.

Así que en palabras de nuestra bióloga: “Todas las demás formas de vida dependen de la actividad de incontables bacterias que viven, mueren y metabolizan. Nuestras relaciones con las bacterias que nos rodean tienen que ver con nuestra salud y bienestar y el de nuestros suelos, alimentos y animales domésticos”[1]** Pero no sólo como seres externos a nosotros sino como nuestros constituyentes vitales. Podría decirse que nuestros cuerpos son poco más o menos que extensiones de esas mismas comunidades bacterianas: “Las bacterias son la vida (…) cualquier organismo, o es en sí mismo una bacteria, o desciende por una u otra vía de una bacteria o, más probablemente, es un consorcio de varias clases de bacterias. Ellas fueron los primeros pobladores del planeta y nunca han renunciado a su dominio. Quizás sean las formas de vida más pequeñas, pero han dado pasos de gigante en la evolución”[1]***.

Se calcula que los seres humanos tenemos alrededor de 2 kilos de bacterias en nuestro cuerpo. Si tenemos en cuenta que el peso de una bacteria es despreciable, entonces dos kilos en peso, suponen un número superlativo de cubrimiento en área. Todo nuestro sistema orofaríngeo (oral y faríngeo), gastrointestinal, respiratorio, genital y hasta la piel, están recubiertos de un finísimo tejido o comunidad bacteriana llamada microbiota, que es completamente necesaria para el óptimo funcionamiento del organismo. Tu digestión es posible gracias a las bacterias, tu sistema inmune depende de la salud de tu microbiota intestinal, tu piel puede resistir los embates del clima y la contaminación gracias a la microbiota o flora cutánea; y cuando éstas pierden su balance, empiezan los problemas de salud: enfermedades inmunitarias, alergias, psoriasis, enfermedades del sistema nervioso, del sistema cardiovascular, patologías digestivas y demás, son padecimientos de los que apenas se está descubriendo su relación con la microbiota. La ciencia médica que en realidad es bastante nueva en el estudio de la misma, calcula que se ha perdido alrededor de un 90% de nuestra microbiota o flora bacteriana, lo que supone una pérdida enorme genéticamente hablando[2].

Y el panorama se complica cuando hablamos de la pérdida de microbiota a nivel macro o ecosistémico debido al uso indiscriminado y frecuente de antibióticos y antibacteriales: “Investigaciones recientes apuntan a los efectos del uso actual de los antibióticos y de los agentes antibacteriales, que están cambiando la naturaleza de los microbios en el ambiente y están creando gérmenes que son más difíciles de combatir y eliminando a algunos microbios beneficiosos”[3]. Eso implica serios problemas de salud pública pues por un lado se crean resistencias a medicamentos de uso humano o veterinario bien sea a través del arrojo de excrementos en las aguas sanitarias y de escorrentía de las personas y animales tratados, o porque se arrojan directamente restos de los medicamentos a los propios sifones, donde las bacterias presentes en las aguas residuales los absorben promoviendo mutaciones y generando inmunidad, que deriva en una resistencia al medicamento cuando posteriormente se vaya a tratar la enfermedad en un paciente portador de la bacteria o microorganismo en cuestión. El otro problema de salud pública estriba en el muy importante hecho de que esos antibióticos y antibacteriales por su misma naturaleza bactericida, destruyen indistintamente muchas bacterias provechosas absolutamente necesarias para la buena salud de los ecosistemas. 

Teniendo en cuenta nuestra paranoia social, hemos proliferado en el uso de antibacteriales, mucho más, después de haber sufrido una pandemia que parece no habernos dejado claro que los virus no se matan con antibacteriales precisamente porque no están vivos. Así que andamos por el mundo aplicando el “precioso gel” para sentirnos a cubierto de toda amenaza bacteriana. Pero el Planeta no funciona así; las bacterias no son esos enemigos insidiosos y ocultos agazapados esperando su oportunidad para dañarte, sino todo lo contrario, son el alma de la vida individual y planetaria, y cooperan para mantenerte sano y con vida. Se respiran en la tierra, en el aire, en la comida nutritiva y recién preparada, y son una verdadera bendición para tu salud.

Eso no significa que no existan las bacterias patógenas, pero éstas son infinitamente menores en número a las beneficiosas, y en muchas circunstancias podrás hacerles frente incluso sólo con un sistema inmune -compuesto de bacterias provechosas- fortalecido. No tiene ningún sentido lavarse las manos con un jabón antibacterial cuando no se ha estado expuesto a ambientes extremos como los hospitalarios o ciertos lugares públicos concurridos. En casa es totalmente innecesario y desaconsejado el uso de antibacteriales, hipocloritos u otras sustancias químicas cáusticas. Lo único que conseguirás es dañar la microbiota de tu piel así como los microorganismos de los ecosistemas que viven aguas abajo del sifón de tu lavamanos, y por extensión, tu propia salud, que depende de la salud de esos ecosistemas. No podemos hacerle la guerra a las bacterias indiscriminadamente porque eso es hacernos la guerra a nosotros mismos. Si por algún motivo, tienes que usar una de estas sustancias, úsalas con precaución y en pequeñísimas cantidades (con gotero), recuerda que tienes un arma mortal en tus manos.

Post Recientes

021c0f-28b1a0d852984955ae071d2ee6b0ec7amv2-68537965d6fd5

EL PLÁSTICO NO SE RECICLA, SE INFRACICLA

Etimológicamente hablando, la palabra reciclar significa volver a hacer ciclos, esto es, describir incesantemente circuitos, sin que haya pérdida de materia ni residuo. En eso la naturaleza es maestra como lo muestran los sucesivos ciclos biogeoquímicos (circulación de elementos químicos entre los seres vivos y el entorno) del agua, del oxígeno, del nitrógeno, del azufre y del carbono entre otros. Este último, por ejemplo, está presente en la atmósfera terrestre como gas carbónico principalmente proveniente de las erupciones volcánicas, y es capturado desde allí por las algas y plantas verdes que, con ayuda de la luz solar, lo transforman en oxígeno y carbohidratos. Ese oxígeno y esos carbohidratos son tomados por los animales para realizar la respiración (devolviendo nuevamente gas carbónico a la atmósfera) y a través de la cadena alimenticia formar sus propios cuerpos y esqueletos. Cuando éstos mueren, una parte se transforma nuevamente en carbono que va al suelo por acción de los descomponedores (algas y bacterias), y otra se va acumulando en la corteza terrestre para formar fósiles y piedra caliza, que acabará penetrando profundo en el manto terrestre, y retornará a la atmósfera en forma de CO2 en una próxima erupción volcánica, cerrando así el ciclo.

De manera que, permitiéndonos una extrema simplificación con fines meramente pedagógicos, podemos afirmar que el carbono adopta las diferentes formas de gas, planta, animal, fósil, gas, planta, animal, fósil y así sucesivamente en una perfecta circularidad, mientras la cantidad de átomos de carbono se mantiene intacta; con lo que la naturaleza se revela como una incesante recicladora de materia.

Si fuésemos a trasladar este modelo biogeoquímico de reciclaje natural a la industria, podríamos decir, contextos aparte, que un objeto o residuo es reciclable cuando sus componentes se pueden transformar sucesivamente en otro producto de su misma especie o de una especie diferente, o hacer parte de un nuevo proceso natural o productivo, sin requerir nueva materia prima y sin que a su vez quede un residuo. En esa dirección podemos poner como ejemplo el reciclaje del vidrio, que puede volver a ser el objeto o envase que fue con sólo fundirse y moldearse, sin necesidad de adicionar más materia virgen. La nueva botella reemplaza a la antigua; de suerte que puedes obtener un objeto nuevo con el mismo sustrato que tenías el anterior. El residuo siempre estará recirculando en un proceso que no tiene entradas ni salidas. Eso es ser realmente reciclable. Sin duda, no es tan perfecto como suena, y genera su propia huella ambiental, especialmente en el tema energético; pero en cuestiones de circularidad, el reciclaje del vidrio imita muy bien a la naturaleza.

Con el reciclaje del plástico y del sintético en general, no ocurre eso por más que se nos diga que se puede transformar y, en nuestro imaginario creamos que la huella ambiental que generamos al comprar una botella de agua, por ejemplo, será compensada por obra y gracia del reciclaje. Aunque corrientemente se cree que una botella plástica será convertida en la misma botella y, por extensión, cada producto o cada empaque en el mismo producto o empaque desechado por una suerte de artilugio (y así debería ser, si realmente fuera reciclable en el sentido de hacer ciclos o circuitos); la verdad es otra muy distinta. La botella que estás generando al comprar cualquier líquido embotellado en plástico, no será convertida en otra botella de su misma especie. No puedes esperar que esa botella fundida, vaya a ser moldeada de nuevo como una botella de plástico con las mismas características de brillo, transparencia, temple y demás de la botella original.

¿La razón? La degradación polimérica. Con los polímeros sintéticos (y el plástico es uno de ellos) ocurre un fenómeno físicoquímico de degradación, que puede ser natural o inducida, y que consiste en un cambio irreversible en su estructura molecular (una rotura o deterioro de sus cadenas moleculares), que puede darse por diversas causas como las altas temperaturas (degradación térmica), la luz (fotodegradación), los agentes químicos (degradación química) y similares, que acaban afectando su resistencia mecánica, su elasticidad, su apariencia y coloración entre otras[1] [2], y consecuentemente su posibilidad de ser sucesivamente reciclados.

En el proceso de reciclaje, los plásticos deben ser sometidos a degradación térmica y química para poder disminuir su peso molecular y proceder a su transformación; lo que implica pérdida de sustancia con cada ciclo de reciclaje y, por ende, limitación en el número de ciclos de reciclado. De suerte que el reciclaje del plástico no es para nada un proceso circular, sino un proceso abierto, con entradas y salidas que implican una constante pérdida de materia y consecuentemente la necesidad de adicionar nuevo material virgen para reponer el perdido.

Así que… definitivo, la botella de agua que mandas a reciclaje jamás volverá a ser otra botella de agua. Cuando ella se recicle, será convertida en otra cosa diferente que, igual no podrá reintegrarse a la naturaleza una vez expire. Como ejemplo, puedes pensar en las botellas PET que se reciclan como fibras para textiles, correas, bolsos o empaques para verduras y tortas. Ellas no sólo no reemplazan la botella gastada, sino que cuando esos textiles, correas, bolsos y empaques acaben su vida útil, no podrán ser sometidos a ningún tipo de reciclaje ulterior, y si lo fueran, solamente se estarían acercando más al punto final de degradación del polímero hasta convertirse indefectiblemente en basura. Así que más que reciclaje del plástico, lo que existe es un infraciclaje, esto es, la conversión de un desecho no en otro producto de su misma o de otra especie distinta que pueda ser a su vez reciclado, sino en un producto totalmente diferente, de menor calidad y/o funcionalidad que el anterior, y que igual quedará como desecho.

La gran conclusión es que ese reciclaje o mejor infraciclaje, no está supliendo el envase consumido y, por ende, tampoco evitando que se produzca uno nuevo, es decir, no sirve para reemplazar el envase usado, sino que genera un tercer producto, con lo que su mejoramiento ambiental es cero[3]. Ciertamente es mejor usarlo para fabricar otro producto que llevarlo al relleno sanitario de primera opción; pero en términos de contabilidad ecológica el balance sigue generando un pasivo ambiental: un nuevo producto que no reemplaza el anterior, y con cuyo residuo de todos modos tendremos que lidiar cuando acabe su vida útil y vaya a parar al relleno sanitario o al océano (y consecuentemente a la cadena alimenticia, es decir, a nuestros cuerpos), que es el reservorio al que por simple ley de gravedad va a parar toda nuestra basura.

Por supuesto, también hay casos en los que se produce una nueva botella que incluye un porcentaje del material reciclado (usualmente un 25 %), pero con la expresa prohibición de ser usada para empacar alimentos debido a las políticas empresariales y gubernamentales de inocuidad. Con lo que tampoco el nuevo envase reciclado reemplaza al anterior ni siquiera en parte. De suerte que la propia normativa también estorba la circularidad del residuo. Problema que no se resuelve con cambiar la normativa y subir los porcentajes, porque si la propia naturaleza de la materia no permite su reciclaje continuo y total por las razones arriba expuestas, no sirve de mucho que lo permita la ley. Así que el verdadero problema del reciclaje del plástico radica en su propia naturaleza. Si siempre tenemos que utilizar resina virgen para reponer la perdida, además de ciertos aditivos químicos que frecuentemente añaden más pasivos ecológicos en el proceso de reciclaje, no solamente no nos desharemos nunca del plástico, sino que cada vez tenderá a aumentar más y más la contaminación con sus nefastas consecuencias para el ambiente, la salud de las personas y los animales[3]. 

Como hemos dicho en otro lugar, eso no significa que dejes de reciclar todo objeto plástico con el que te topes. Hay un importante sector de la industria recreando nuevos y atractivos productos que alargan la vida del valioso material, y es nuestro deber ayudarles en esa recuperación. La madera plástica es uno de ellos, y quizás el mejor en cuanto a funcionalidad y durabilidad. Mucho mobiliario, recubrimiento térmico, pisos e incluso vivienda, pueden ser fabricados con madera plástica, lo que la convierte en un producto óptimo del reciclaje. Pero tampoco es eterna, indefectiblemente caducará, y llegará al inevitable punto en que se convierta en basura. Así que recicla todo el plástico que puedas, el que ya se causó, el que a su vez ya haya sido reciclado; pero no compres más plástico nuevo con la excusa de que se recicla, porque eso solamente es echarle combustible al problema.

 
 
 

[3] Freinkel, Susan. Plástico, Un idilio tóxico, Mexico: Tusquets Editores. 2012, p.232.

Post Recientes

021c0f-b75e2b02ec0342e78f872f4da0ac6bd9mv2-6853778810811

“LA MATERIA NO SE CREA NI SE DESTRUYE SINO QUE SE TRANSFORMA” (sobre los incineradores de basura)

Cuando ciertos sectores de la sociedad empiezan a pronunciarse respecto de los inconvenientes asociados a los rellenos sanitarios, otros sectores comienzan a abogar por estrategias alternativas que solucionen el problema de tajo y, por qué no, traigan al mismo tiempo aparejadas ventajas. Es el caso de los incineradores, la otra estrategia que han ensayado las sociedades industrializadas para hacer desaparecer la basura calcinándola y usando el calor producido como fuente energética; después de todo los residuos desaparecen cuando se los quema, o al menos eso es lo que nosotros creemos.

Al concepto se le ha dado el nombre de termovalorización, y consiste en dar un valor agregado a la basura convirtiéndola en energía eléctrica. Maravilloso negocio. Grosso modo, el proceso es como sigue: los residuos son introducidos dentro de un contenedor de aproximadamente una tonelada, al cual se agrega oxígeno y un catalizador para provocar combustión, así la basura se quema a una temperatura promedio de 1.000°C, lo que genera altísimo calor. Dicho calor se utiliza para hervir agua, y el vapor generado por el agua hirviendo, impulsa una turbina que produce electricidad. O sea que la basura desaparece y a cambio obtenemos energía. Parece muy simple y beneficioso. Sólo que la primera parte de la afirmación no es verdad. 

Como enseña la termodinámica, una importante rama de la física, la materia (es decir, los residuos) no se crean ni se destruyen, sino que se transforman. ¿En qué se transforman? En gases, partículas tóxicas y cenizas. La combustión separa y recombina sustancias químicas formando supertoxinas. Los productos de limpieza, persianas, pisos, ropa e impermeables que han sido elaborados con cloro, por ejemplo, forman cuando son incinerados, un tóxico llamado dioxina+, que es responsable de problemas endocrinos, neurológicos, circulatorios y reproductivos*.

Así que la basura no desaparece, sino que se transforma en elementos químicos nocivos que van a la atmósfera generando lluvia ácida+ que caerá sobre los cultivos, ríos y animales, envenenando la cadena alimenticia y generando problemas de salud. A ello hay que sumar que, al transformarse en humo, gases y cenizas, la basura se volatiliza incrementando grandemente su efecto pernicioso al llevar la contaminación mucho más lejos (desde el punto de vista aéreo) del lugar donde inicialmente se produjo. Si se quema un neumático en una ciudad determinada, la lluvia ácida que va a generar esa atmósfera contaminada puede precipitarse sobre una ciudad muy alejada e incluso sobre otro país. Recordemos que la naturaleza no sabe de fronteras geopolíticas; el clima o la tierra no es diferente de una zona fronteriza a otra. La Tierra es una sola, es un continuo, y las consecuencias de una actividad en una de sus latitudes, se hacen sentir con fuerza en otra latitud completamente diferente. De manera que la contaminación atmosférica se propalaría grandemente. 

A ese respecto se podría objetar que la combustión de los actuales y modernos incineradores es controlada, y los gases emitidos son sometidos a potentes filtros que reducen la emisión de material particulado a la atmósfera; pues dichos filtros retienen el material volátil haciendo que éste se precipite. Buen punto, ciertamente los filtros pueden evitar en buena medida que dicho material vaya a la atmósfera; pero que las partículas no vayan a la atmósfera no significa que han desaparecido; sólo significa que se han asentado y que quedan en la tierra en forma de sedimentos (25% del total de la masa incinerada) que de todas maneras hay que enterrar, estropeando el suelo; lo cual no es un daño menor. La contaminación in situ de un terreno determinado es ya un potente daño ambiental, y es obvio que tampoco se va a quedar ahí; es sólo cuestión de tiempo que por las propias fuerzas naturales se desplace a puntos más alejados, lo que supone una contaminación y envenenamiento paulatino más sutil y, por ende, más pernicioso y difícil de controlar. ¿Cómo saber si lo que tienes en tus manos con apariencia de ceniza no es un puñado de metales pesados y compuestos orgánicos+ peligrosos como dioxinas+ y furanos+? https://co.video.search.yahoo.com/search/video?fr=mcafee&ei=UTF-8&p=subproducto+de+la+incineraci%C3%B3n+de+residuos&type=E211CO714G0#id=2&vid=37e04a35c31d8232e48f71518027348a&action=click 

La organización Greenpeace capítulo Colombia, ya ha alertado sobre los peligros e inconveniencia de la instalación de incineradores de basura en nuestro país, denunciando el perjuicio generado por la liberación de las nanopartículas tóxicas asociadas a dicha práctica, fuera de que constituye un espaldarazo a la cultura del desechable y, por ende, al malgasto de recursos y excesiva generación de residuos que redundan en una doble presión a la naturaleza. De allí que haya hecho su petición al Congreso para que excluya del Plan Nacional de Desarrollo el término “valorización de residuos”, un nombre equívoco a una práctica lesiva que no representa ninguna mejora ni adelanto pese a la energía obtenida de la misma.

La energía resultante de la quema de residuos tiene unos costos ambientales ciertamente muy altos, y una lógica un tanto paradójica para ser una solución. No tiene mucho sentido quemar una enorme cantidad de material para recuperar parte de la energía que se gastó produciéndolo. Si en verdad el tema es de optimización energética, más ecológico sería adoptar modelos de reutilización que hicieran innecesaria la producción indiscriminada de nuevos artículos, lo que redundaría en un ahorro energético a gran escala. En sentido inverso, un incinerador de residuos es una gran boca hambrienta que cada vez pide más residuos para mantenerse en funcionamiento. De suerte que en nada resuelve el problema de la contaminación, ni parece una solución aceptable al problema ambiental que representa la basura; mucho menos cuando su costo y operación son altísimos. Se calcula que van por el doble de los de un relleno sanitario.

*Leonard, Annie. La historia de las cosas, Bogotá: FCE, 2011. P.278

Post Recientes

021c0f-309a707c08e1437e9eaf7deb5beea934mv2-685375e663932

COSTOS EXTERNALIZADOS

¿Recuerdas cuando de niño hacías galletas para vender en tu barrio y sentías que era el negocio más lucrativo del mundo? Sólo un poco de azúcar, harina y mantequilla se convertían en “mucho dinero” con un mínimo de esfuerzo. Las monedas fluían fácilmente a nuestros bolsillos porque las galletas podían ser vendidas a precios mínimos dado que sólo había que comprar tres ingredientes básicos.

En realidad, el negocio no era tan lucrativo; eran tus padres quienes estaban corriendo con los costos ocultos. Eran ellos quienes ponían el horno, los enseres y el papel para hornear, eran ellos los que pagaban la energía, el agua y el jabón, y eran también ellos los que ponían su tiempo y mano de obra para limpiar los desastres que armabas en la cocina. Era su auxilio el que te permitía vender tus galletas a precios super bajos y, por ende, obtener tan fácilmente dividendos. Estabas produciendo subvencionado y, sin su ayuda, tu negocio de galletas probablemente no hubiera sido posible.

De adultos, diríamos que el mundo económico es bien distinto, y muchos de esos costos deben estar contemplados en cualquier empresa si no quiere irse a la quiebra antes de empezar. No obstante, igual que los niños que jugaban a empresarios, los ya empresarios de hoy incurren en la misma ilusión de los chiquillos cuando a pesar de tener contabilizada el agua, la luz, la mano de obra y demás, olvidan calcular en el precio de venta de sus productos el costo de los impactos generados por su actividad industrial, dejándolos pesar directamente sobre hombros ajenos.
 

Como cuando niños dejábamos que papá y mamá corrieran con el trabajo sucio de limpiar y pagar, muchos de los empresarios de hoy permiten que las consecuencias de su quehacer industrial recaigan sobre terceros. Pongamos por caso uno de tantos renglones de la economía: la industria minera y su alto impacto en la contaminación y degradación de suelos, aguas y atmósfera, que inciden directamente en las comunidades circundantes en forma de enfermedades respiratorias, cutáneas, cáncer y pérdida de la biodiversidad entre otras, circunstancia que la mayoría de los industriales no compensa ni se ocupa de remediar.

Este descuido u omisión en la compensación de los daños generados por la fabricación de un producto o servicio hace parte de lo que se conoce como externalización de costos. Así que en su faceta ambiental, los costos externalizados se definen como el traslado de los impactos negativos de una actividad industrial y/o comercial a los ecosistemas y a las comunidades y personas que dependen de éstos. Los daños que la industria ha generado y sigue generando en las condiciones del aire, el agua y la tierra es algo que afecta la calidad de vida de todos, pero por las que nadie responde.

Ha sido fácil omitir o externalizar esos costos dado que son las comunidades humanas y no humanas las que han tenido que apañárselas para ver cómo paliar sus consecuencias. Pero la pregunta que surge no es cómo ha sido hasta hoy, sino cómo va a ser hacia el futuro, es decir: ¿puede la industria -todas las industrias del Planeta en todos los órdenes de producción- seguir externalizando sus costos ambientales de operación? Es decir, ¿puede seguir produciendo a pesar de los daños que causa en los ecosistemas como si no pasara nada? La respuesta, sin duda, es no. Primero, porque ante la opinión pública su obligación es clara y eso tiene una repercusión directa en su propia reputación y en sus responsabilidades ante la ley; y segundo, porque si ella no evita o compensa debidamente esos daños, más tarde o más temprano ellos incidirán en la calidad y viabilidad de su futura producción. Si los empresarios no son sensatos en el uso de los recursos, es evidente que sus impactos acabarán -entre otros- por dañar los ecosistemas, haciendo imposible su propio quehacer comercial. Ninguna actividad industrial puede tener lugar sin recursos naturales.

¿Cuál es entonces la salida? Internalizar los costos que han estado externalizados por décadas, es decir, incluirlos en el precio de venta del producto. Así, y siguiendo con el ejemplo de la minería, internalizar los costos de producción significa que los minerales metálicos y los no metálicos así como los materiales energéticos y de construcción asociados a la minería deben tener incluido en su precio de venta el costo de haber sido fabricados siguiendo prácticas de explotación y producción sostenibles, prácticas de tratamiento de aguas residuales, de conservación de la biodiversidad, de restauración de áreas afectadas, de promoción del reciclaje de materiales, de limitación de las tasas de extracción y demás, que contribuyan a una minería sostenible. En términos generales, internalizar los costos significa incluir en el precio de venta del producto lo que proporcionalmente costaría dejar los ecosistemas y las comunidades en el mismo estado que si no hubieran sufrido una perturbación.

 

Desde luego, no se trata de elevar el coste de los productos a precios imposibles ni de iniciar una carrera especuladora para aprovechar la tendencia alcista; todo lo contrario. Se trata de crear una doble consciencia: en el consumidor, la consciencia de que un producto de calidad vale y de que lo más barato no es precisamente lo más responsablemente producido; y en el productor, la consciencia de que el precio de venta del producto debe reflejar su durabilidad y su origen sostenible evitando toda práctica especuladora y abusiva. Todo ello bajo la vigilancia estricta de las autoridades y la veeduría ciudadana, exigiendo que cada producto exhiba un sello de calidad que certifique la veracidad de la información para evitar cualquier falsificación. De lo que se trata es de ser garantes del origen genuinamente sostenible de un producto, y así, de que los consumidores estén dispuestos a pagar un poco más por un producto de calidad, y los productores dispuestos a ganar un poco menos* para respetar la resiliencia (capacidad de compensar las perturbaciones) de la Naturaleza, ambos con el objetivo conjunto de producir y consumir sin expoliar los recursos para la vida.

*Ello por supuesto debería ir acompañado de una nueva ética empresarial. Al respecto te invitamos a leer nuestro post ánimo de lucro y daño ambiental.

.

Post Recientes

021c0f-d4084807fc2f496cbc382b1719ae0ba1mv2-6853728f06c2a

TRÁFICO DE RESIDUOS

¿Has tenido la experiencia de tener entre tus manos un residuo que te abruma debido a su peligrosidad, hedor o condición bacteriológica -por ejemplo, el excremento de tu perro- sin tener un sitio cerca para disponerlo correctamente, y necesitas deshacerte de él con urgencia, pero tienes que hacerlo a hurtadillas porque definitivamente nadie lo quiere cerca?

Eso es lo que les pasa a muchas empresas cuyos residuos son de un carácter tan peligroso e indeseable, o en una cantidad tan enorme que no pueden botarlos en los vertederos municipales, ni en ningún lugar autorizado y, por ende, necesitan buscar lugares alternos para deshacerse de ellos. Así que optan por exportarlos en barcos de carga a países pobres y con legislaciones ambientales débiles o inexistentes, para abandonarlos en lugares marginados o socialmente deprimidos donde por su misma condición de abandono la gente no presente oposición.

La práctica ha dado incluso pie al concepto de tráfico de residuos debido a su carácter embarazoso y clandestino. Muchos de nosotros hemos visto documentales grabados en ciertos países asiáticos o africanos con playas y extensas áreas convertidas en verdaderos cementerios de residuos electrónicos, agrotóxicos, ropa y todo tipo de basura industrial en los que nadie figura como responsable.

El procedimiento va desde hacerlo abusivamente y a hurtadillas, como cuando unas empresas norteamericanas se deshicieron de unos desechos peligrosos de plomo y cadmio introduciéndolos en unas bolsas de fertilizante que iban con destino a Bangladesh con absoluto desconocimiento de sus destinatarios, hasta pagar un precio al gobierno local de alguno de esos países para que permita el desembarque de residuos peligrosos en algún lugar de sus costas. Por supuesto, la mayoría de las veces ningún porcentaje de este dinero se usa para paliar el desastre ambiental causado por el residuo, y a veces ni siquiera llega a la comunidad porque son los propios agentes gubernamentales los que se quedan con el botín.

Aunque no toda la basura que se exporta es de carácter privado. Los países que suelen tener incineradores metropolitanos de basura tienen además el problema de no saber donde enterrar las cenizas que quedan de la quema municipal, y también ellas han sido despachadas en largos viajes buscando un basural para ser depositadas. Así que no todas las grandes embarcaciones que vemos surcar los mares transportan mercancía; muchas de ellas están al servicio de cargamentos internacionales de desechos.

Annie Leonard cuenta en su libro Historia de las cosas* como 14 mil toneladas de cenizas provenientes del incinerador municipal de filadelfia (USA) hicieron un periplo de 27 meses por los cinco continentes buscando infructuosamente donde ser desembarcadas. El atasco se debió a una campaña emprendida por Greenpeace** que alertó a los diferentes gobiernos donde se aproximaba la embarcación sobre el inconveniente de recibirlos. Como el anhelado permiso nunca tuvo lugar, meses después se supo por unas fotos tomadas por un marinero de la tripulación, que la carga había sido arrojada en alta mar.

No obstante, el transporte de residuos no ha sido siempre ilegal, y durante buen tiempo fue incluso un negocio lucrativo. China importó desde Occidente residuos plásticos potencialmente difíciles de reciclar por más de dos décadas hasta que los niveles de contaminación en los ríos y el aire, aunados a sus efectos sobre la salud de la población, hicieron que el gobierno tomará medidas y prohibiera dichas importaciones en 2018.

De inmediato las empresas occidentales pusieron sus ojos en el Sudeste Asiático, y países como Indonesia, Tailandia, Vietnam y Malasia se vieron inundados de la basura que China ahora rechaza, y que los ha llevado a declarar que ninguna nación en vías de desarrollo debe ser considerada el basurero del mundo desarrollado. www.nationalgeographic.es  El veto de China a la importación de basura desplaza la crisis de residuos al Sudeste Asiático.

La “guerra de la basura” como se ha solido llamar a los conflictos entre naciones por el desembarque de contenedores no autorizados o maliciosamente etiquetados es una guerra que apenas comienza. En 2019 la opinión pública internacional presenció una disputa entre Filipinas y Canadá por un desembarque de basura plástica no autorizada en las costas filipinas que permaneció allí por cerca de seis años, y que involucró incluso al entonces presidente de Filipinas Rodrigo Duterte, quién amenazó con conducir personalmente una expedición para devolver la basura a su país de origen.

No hay duda que la gigantesca producción de plásticos en Occidente no encuentra como ser absorbida ni siquiera en el contexto del comercio internacional. Así que la “guerra de la basura” amenaza con alcanzar grandes proporciones a medida que los residuos sobreabunden y el negocio del reciclaje se vaya haciendo menos rentable a causa de la caída de los precios. Sólo una audaz y mancomunada campaña emprendida por los gobiernos, industriales y consumidores globales para optar decididamente por un modelo de producción y consumo circular, puede evitar que derivemos en grandes conflictos internacionales que tendrían a los océanos como último, forzoso y funesto recurso de vertimiento.

 

*Leonard, Annie. La historia de las cosas, Bogotá: FCE, 2010. P.290.

 

**organización ecologista internacional sin fines de lucro.

Post Recientes