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“NO PUEDO GESTIONAR MI BASURA”

Todo el que se dedique a la promoción o venta de bienes o servicios que no suplan una necesidad o deseo inmediato tiene que lidiar con las resistencias de su cliente que, regularmente no ve porque tendría que gastar tiempo o dinero en algo que no va a beneficiarlo inmediatamente. Aunque teóricamente se nos antoje que lo que nos dicen sobre el cuidado del ambiente nos conviene a todos hacia el futuro, si su beneficio no está en el corto plazo, sencillamente extingue su atractivo. Si las cosas no me van a beneficiar ya, no tengo porque atenderlas o comprarlas, y si además requieren de mí un esfuerzo, definitivamente eso ya es una pérdida de tiempo. Así que hay un reto muy grande en hacerle ver a otros algo que, aunque urgente, ellos todavía parecen intuir muy lejos. 

Cuando invito a la gente a gestionar su basura doméstica, es decir, a compostar y reciclar sus residuos, me suelo topar con una de estas tres reacciones. Un primer grupo que se excusa desdeñosamente de emprender la tarea, señalando que sus múltiples ocupaciones definitivamente no les permiten sacar tiempo para compostar ni reciclar; este es el grupo de los ocupados. Hay un segundo grupo, un poco más solícito, que se solidariza con la causa señalando la gravedad de los problemas generados por la basura, pero que seguidamente pasan a excusarse con el argumento de que no tienen espacio para compostar ni reciclar dado que viven en casas o apartamentos sin patio; estos son los confinados. Y hay un último grupo que de entrada se niega a contemplar siquiera la idea, señalando que la basura es algo repugnante, que no soportan su olor, y que no van a arriesgarse a atraer hormigas o cucarachas a sus casas; este es el grupo de los escrupulosos.

Para tratar de hacer consciencia sobre el asunto, voy a plantear una corta reflexión a cada uno de esos grupos remisos con la esperanza de que en alguna de estas palabras aparezca la razón por la que carece de sentido que le escurran el bulto a su propia basura. Vamos con el primer grupo, el de los ocupados. Por lo regular se trata de personas laboralmente activas que cumplen horarios de oficina o con trabajos exigentes que, aunque son medianamente conscientes de su responsabilidad, no encuentran cómo compaginarla con sus deberes diarios. Cuando las personas se decantan tanto por el mundo del trabajo, es muy probable que abandonen sus obligaciones domésticas y que no tengan tiempo ni siquiera de ocuparse de las tareas básicas. Eso es comprensible. Pero no por eso los vemos vivir en la suciedad o en el abandono. Es obvio, salvando ciertas excepciones, que hacen todo lo posible por mantener su casa en orden, y que incluso pagan quien los supla con sus propios menesteres porque sencillamente saben que no pueden permitirse vivir entre la escoria, ya que esto haría colapsar la vida familiar.

Nos gustaría que fueras consciente de que lo propio puede pasar a un nivel macro con el Planeta. La basura y la contaminación podrían hacernos colapsar como civilización. De manera que si te preocupas por limpiar tu casa pequeña, haz lo propio con tu casa grande: la Tierra. Si tu casa pequeña está atestada de mugre, lo inmediato que quieres hacer es escapar de ella a un lugar más limpio y agradable; pero si el Planeta está atestado de basura, no hay a donde escapar. Como dicen por ahí, no hay planeta B. Así que de la misma manera que sacas tiempo para tu partido o película favorita o para reunirte con tus amigos, decide sacarlo también para aprender cómo compostar, reciclar y reducir tus residuos o capacitar a la persona que te ayuda con las tareas domésticas. Querer es poder. Es tan simple como designar un tiempo y un espacio para cada actividad, y con seguridad acabarás enamorándote de ellas.

En segundo lugar, tenemos al grupo de los confinados, de los que viven en espacios muy pequeños. Si estás en este grupo queremos decirte que es apenas natural que sientas que si no dispones de un espacio al aire libre sencillamente no puedes hacerte cargo de tus residuos. Pero no hay tal, tu casa también reúne las condiciones de un hábitat vivo: Si no fuera así no podrías tener ni una plantita, ni vivir tú mismo en ese ambiente. Así que la conversión de residuos no es tanto un tema de espacio como de estrategia; lo único que necesitas es reproducir las condiciones que se generan en el exterior para hacer posible la conversión de tus residuos, y eso es más fácil de lo que crees. Si dispones de una pequeña terraza o balcón techados maravilloso; pero si solamente tienes una pequeña esquina en tu cocina, en tu sala o incluso en tu baño social, no necesitas más. Puedes empezar hoy mismo.

Por último, está el grupo de los escrupulosos, de los que temen que la basura los infecte como si viniera de Marte y no de sus propias manos como realmente ocurre. El residuo se produjo justo cuando acabaste de servirte del producto, por ende, no está contaminado ni putrefacto, ni nada; no lo abandones antes de ponerlo a buen recaudo para que no corra esa suerte. Aprende las técnicas elementales de compostaje y reciclaje, para entender la circularidad de la naturaleza, y perderle el miedo a una práctica tan básica y necesaria para el correcto funcionamiento ecológico. Por lo demás, si alguna vez dejaste pasar de tiempo tu compostaje, o se pudrió por exceso de líquido, no temas el olor resultante. Los olores hacen parte de nuestra naturaleza animal y acompañan todas las funciones vitales como el sexo, la respiración y la alimentación. Sin duda que tenemos un instinto de repugnancia que funciona como un mecanismo de supervivencia para no ingerir o respirar alimentos o atmósferas contaminadas; pero un buen compostaje huele a cítricos, hierba y tierra húmeda. Ciertamente no huele a perfume químico, pero su fragancia no deja de ser agradable. Dale una segunda oportunidad a tu animalidad, descubrirás un inusitado placer por los fermentos que también repercutirá positivamente en tu salud. Animalízate más y complícate menos. 

Finalmente, y respecto al supuesto riesgo de animales rastreros teniendo un compostaje en tu casa, puedo asegurarte con total fiabilidad que hay más cucarachas en nuestras cabezas que en un matero de compostaje bien hecho. Ni el compostaje ni el reciclaje generan olores ofensivos cuando son realizados siguiendo unas tácticas específicas y, por ende, no estimulan el olfato de ningún animal. Sólo es cuestión de aprender la técnica correctamente. Decídete a transformar tu basura en abono, no sólo descubrirás que es una experiencia mágica, también estarás ejercitando tu propia responsabilidad moral al no poner a otros a cargar con ella.

Hay quien dice por ahí que para salvar al ambiente hay que involucrar a todo el mundo. Muy cierto, aunque yo no diría que hay que involucrarlo sino hacerlo consciente de que ya está involucrado. Por el hecho de que ignoremos que hay un relleno sanitario muy cerca o lejos de nuestra ciudad, éste no va a desaparecer ni a dejar de recibir las miles de toneladas diarias de basura que recibe, complicando la suerte de los ecosistemas y de los habitantes de sectores aledaños. Que tu no veas o no sientas el hedor de la basura que arrojas cada día al ambiente, no significa que no lo estés haciendo, ni que ello no esté teniendo consecuencias deplorables. Como ser que necesita consumir para mantenerse con vida, es obvio que generas desechos que, a su vez, generan secuelas en la naturaleza y en la calidad de vida de todos. De modo que el problema tiene que ver directamente contigo. Si no haces algo ahora para evitar propagar la basura, inevitablemente llegará el momento en que te toparás con ella en la puerta de tu casa, o lo harán tus hijos o los hijos de tus hijos. Y para entonces puede que ya sea muy tarde.

No creas que el problema es de los políticos o de las autoridades sanitarias o de los operadores de basura o de cualquier otra persona diferente a ti. Es tuyo y te atañe genuinamente. Tú eres su generador. Nadie más sino tú lo puede arreglar.

Así que independientemente de todas las circunstancias que consideras que te excusan de encargarte de tu propia huella ambiental, se requiere de tu compromiso como consumidor y como productor, y lo último que se necesita es que le escurras el bulto a la responsabilidad; no la cargues sobre hombros ajenos. Es tu fardo, hazte cargo de él. La basura es un problema que generamos entre todos y entre todos debemos resolver. 

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ÁNIMO DE LUCRO Y DAÑO AMBIENTAL

La gente excesivamente pragmática suele pensar que las ideas no tienen ninguna relevancia en el mundo de los hechos, y que el mundo real es un mundo de sucesos, no de teorías. Pero para saber cuánto puede una idea penetrar y moldear el mundo de los hechos, sólo hay que recordar a Edward Bernays, el esclarecido sobrino de Freud que, utilizando las técnicas psicoanalíticas de su tío, sentó las bases de la sociedad del derroche y supo entronizar la idea de que la felicidad se consigue a través del consumo, demostrando palmariamente que nuestras mentes son dominadas por ideas de hombres que nunca conoceremos.

Aún recuerdo el día en que, con ocasión de una exposición sobre la creación de una empresa sostenible, de pie y frente a todo el salón de clase, un grupo de estudiantes comenzó su intervención con una afirmación tajante: “como todos sabemos el objetivo de una empresa es hacer dinero”. De inmediato adelanté mi cabeza por encima del escritorio y exclamé: ¿Cómo puede ser? ¿Acaso el objetivo de una empresa no es hacer un determinado producto o servicio? ¿No es el objetivo de una empresa de calzado, de electrodomésticos, o de muebles, hacer zapatos, electrodomésticos y muebles respectivamente? En sana lógica, la única empresa que puede tener por objetivo hacer dinero es la casa de la moneda, es decir, la empresa encargada de fabricar los billetes en un determinado país, señalé jocosamente. Para ellos sí es absolutamente razonable decir que su objetivo es hacer dinero.

Los estudiantes se miraron atónitos como si por primera vez se estuviera cuestionando lo que con devoción les habían enseñado durante toda su carrera, y me interpelaron diciendo que todo el mundo quiere y necesita dinero, y que nadie pone una empresa para regalar sus productos. Ciertamente, repliqué yo. Pero cobrar por un bien o servicio no es lo mismo que tener ánimo de lucro. Veamos.

Cuando una empresa se constituye como empresa, enuncia cuál va a ser su quehacer dentro de la sociedad y lo que valida su existencia en el conglomerado social. Tomemos como ejemplo una empresa de calzado X. Hacer zapatos es la razón de ser de la empresa X, para eso se constituyó. Sobra decir que tiene que cobrar por ejecutar ese bien, por fabricar ese calzado, pues de no hacerlo simplemente sería inviable económicamente hablando, o sería una empresa de beneficencia puesta en marcha por un filántropo o grupo de filántropos acaudalados y deseosos de hacer zapatos gratis. Algo muy distinto a lo que llamamos hacer empresa. Las empresas tienen que cobrar por los bienes y servicios que ejecutan, ese cobro precisamente les permite poder funcionar. Si no cobraran ¿Cómo pagarían alquileres, maquinaría, insumos, empleados y la propia manutención de sus socios?

Pero decir que se va a cobrar dinero por un quehacer, es absolutamente distinto a decir que uno tiene ese quehacer para hacer dinero. Es diferente fabricar un producto como técnica y razonablemente se piensa que se debe hacer y después venderlo al mejor precio, que fabricarlo pensando de entrada en que se tiene que obtener el mayor rédito económico de él; valga decir, una cosa es producir enfocado en el producto, y otra muy distinta producir enfocado en la ganancia; porque en el primer caso, lo importante es el producto y hacerlo según los estándares que su fabricante considera correctos, mientras que en el segundo, lo importante es el provecho económico que se va a obtener a través de él, así que los estándares, las características y la concepción misma del producto queda condicionada a que proporcione lucro. No estamos diciendo entonces que una empresa no pueda cobrar por los bienes o servicios que ejecuta, incluso precios muy elevados; lo que estamos diciendo es que al enunciar que se ha constituido para hacer dinero, esto es, que tiene ánimo de lucro, lo que está diciendo es que su quehacer, su misión empresarial no es su objetivo primordial, sino un simple medio para la obtención de dinero lo que, sin duda, extravía los objetivos empresariales que dejan de ser el fin y se convierten en el medio.

Nadie piensa que en una idea como esta haya algo raro, irregular o pernicioso. De hecho, se enseña en las universidades como una doctrina intelectualmente aceptable y socialmente deseable. Se suele creer que no hay nada malo en supeditar la misión de la empresa al objetivo del lucro, y todo el mundo se lanza a crear empresas que generen dinero por medio de tal o cual bien o servicio, creyendo que pueden satisfacerse ambos objetivos. Pero quizás aquí, como en ningún otro ámbito, cobre tanto sentido la enseñanza bíblica de que no se puede servir a dos señores porque se acabará amando al uno y odiando al otro. Es evidente que donde el objetivo empresarial -el bien o servicio ofrecido- se pone como medio para la obtención de lucro, ya están dadas las condiciones para descarriar la misión empresarial, con todos los corolarios que ello conlleva.

Y así es como vemos crecer la competencia desleal entre compañías del mismo ramo, y vemos también la creciente precarización de las condiciones laborales, y observamos el abaratamiento de costos de producción a niveles imposibles porque obviamente es más fácil vender algo barato que algo costoso, y entonces hay que relajar los estándares de producción al punto de producir baratijas a precios caricaturescos para que la gente pueda comprarlas asiduamente y el capital aumente conforme los objetivos de lucro de la empresa. Y se trasgreden los límites de la honestidad y de la buena fe en el comercio, y entonces vemos que los empaques de los productos son tres veces mayores que su contenido neto para inducir a engaño al comprador, y vemos edificaciones que colapsan por ahorro en los materiales o en la mano de obra, y automóviles cuyos costosos repuestos se tienen que cambiar con apenas un par de años de uso, y alimentos preparados con insumos nocivos porque son más baratos, sin que importe su impacto en la salud de los consumidores. De suerte que el producto o servicio que nominalmente era el objetivo de la empresa se va quedando en un segundo plano, y ya no importa hacerlo bien sino aparentar que se está haciendo bien; y entonces queda claro que se ama el dinero y se odia el producto, que al haber colocado el bien o servicio como medio del capital, ha sido preciso traicionar la misión empresarial.

Así que la empresa olvida que su misión, su quehacer dentro de la sociedad era satisfacer las necesidades de seguridad, transporte, abrigo y comunicación de la gente por medio de casas, automóviles, vestuario y teléfonos robustos, confiables y duraderos, y la economía se vuelve absolutamente precaria e incierta; tan precaria que el consumidor de hoy no sabe escoger entre un producto de antaño y otro recién fabricado. No quiere el antiguo porque ya no es funcional o porque la fatiga de los materiales lo ha hecho inviable; pero tampoco quiere el nuevo porque teme que el abaratamiento de los costos empleados no le garantice la solidez y calidad que como consumidor espera, haciéndole perder su inversión. Es una tragedia social y económica que hace ya décadas empezó a ser también ambiental, porque esa idea de que una empresa debe producir dinero y no estrictamente funcionar para cumplir sus objetivos empresariales como en sana lógica debería ser, precarizó tanto el mundo empresarial, que acabó por inocular en nosotros una idea tan extraña y estrafalaria como la idea de las cosas desechables, de que no sólo no hay que fabricar cosas duraderas sino que se pueden fabricar deliberadamente provisionales, listas para usar y botar.

¿Cuánto ha trepanado nuestras mentes una idea como esa? Es difícil decirlo. Hay quienes se atreven incluso a hablar de seres humanos desechables y a considerar las relaciones interpersonales bajo la simple óptica de la utilidad, la relación durará lo que dure la posibilidad de obtener beneficio, sin que quepan otros valores como la lealtad o la solidaridad. Cada cual podrá sacar sus propias conclusiones respecto a lo que significa una relación de ese tipo con el mundo y con las cosas. Por lo que a este espacio respecta, sólo quisiéramos recalcar que la idea de lo desechable es con mucho, la responsable de buena parte del creciente daño a la naturaleza. La mayoría de nosotros es testigo de la insufrible multiplicación de desechos y basura a todo lo largo y ancho del globo terráqueo; fotografías realmente dramáticas de animales envueltos en bolsas y redes con sus vientres llenos de plástico, las arenas de los desiertos atestadas de ropa vieja e incluso nueva con etiquetas de fábrica, los rellenos sanitarios a reventar, causando todo tipo de enfermedades y emergencias, cementerios de residuos electrónicos en poblaciones marginadas, mares y océanos con enormes derrames de petróleo, y gases pestilentes inundando la atmósfera.

Los daños que la cultura del desechable y de su distribución masiva y globalizada han generado en los ecosistemas son incalculables, y se requiere mucha voluntad, entereza, trabajo y capacidad técnica para reversar, en la medida de las posibilidades, su infortunado y nefasto impacto. Lo más paradójico de todo es que se trata de un daño totalmente prescindible, porque independientemente de dónde se haya originado la idea de que una empresa tiene que producir lucro, es evidente que es una idea absurda y gratuita; absurda porque convierte en fin lo que no puede ser sino medio: nadie quiere el dinero por sí mismo sino por la vida cómoda que puede proporcionar, pero con frecuencia se sacrifica ésta por ir en pos de acumularlo, trastocando el orden lógico de las cosas; y gratuita porque el lucro no es en absoluto necesario para la instauración y funcionamiento de una empresa exitosa, y lejos de haber traído algo positivo al mundo del trabajo, el crecimiento personal y la naturaleza, ha acabado por envenenar la misión empresarial, las relaciones sociales y nuestro hogar originario.

Qué respiro tan grande le daríamos a la Tierra si volviéramos a recuperar el ethos del trabajo, el orgullo de ser buenos artesanos, buenos profesionales, buenos empresarios. Cuánto alivio no le daríamos a la naturaleza si hiciéramos nuevamente las cosas para durar, para pasar de generación en generación, para integrarse sanamente al suelo cuando acaben su vida útil. Ello pasa por una transformación radical en las mentes y corazones de quienes tienen la capacidad y posibilidad de hacer empresa. En La red sin residuos proponemos construir compañías que, en lugar de tener ánimo de lucro, tengan ánimo de servicio; y el dinero que produzcan sea el resultado de satisfacer a sus clientes, mejorar la sociedad, y cuidar la naturaleza. Por supuesto, esa idea implica empezar desde cero para muchas empresas, repensar su razón de ser y el objetivo para el que fueron creadas. No se puede ser un buen empresario si no se está absolutamente enamorado de la idea que se quiere sacar avante en la sociedad, si no se cree irrestrictamente en ella independientemente de cuánto dinero proporcione. Ese es el mejor antídoto contra el afán de lucro y sus calamitosas consecuencias. Es un reto, por supuesto, todo cambio lo es; pero ese cambio es a mi modo de ver no sólo una garantía para la conservación de la Tierra sino para la construcción de una vida más plena de significado.

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REDUCIR, REUTILIZAR, RECICLAR

Todos hemos escuchado alguna vez la regla de las 3R –reducir, reutilizar, reciclar- popularizada por la organización ecologista internacional Greenpeace como el ABC de la sostenibilidad. De hecho, en muchos supermercados, almacenes y hasta en propagandas institucionales se hace alusión a la misma como una estrategia medioambiental para reducir el impacto que nuestro consumo deja sobre la naturaleza. Y todos la repetimos a diario para asegurarnos de estar aprendiendo bien la lección; incluso desprevenidamente y en cualquier orden, como si diera lo mismo reciclar que reutilizar o reducir, o todas fueran igual de importantes a la hora de cuidar la Tierra.  Pero si en algún ámbito, el principio de que el orden de los factores no altera el producto pierde su validez, es en el ámbito de la sostenibilidad.

Para verlo más claramente hagamos un simple ejercicio aritmético con un producto de consumo masivo como las bebidas gasificadas en lata. Veamos:

 
  1. Si decidimos reducir su consumo, estaremos ahorrando: el agua, los colorantes y el azúcar con los que se produce el líquido; el aluminio con que se fabricaría el envase; la energía empleada para la fabricación de ambos (líquido y lata), el CO2 generado en el transporte, y consecuentemente toda la huella ambiental que esos insumos y procesos generarían (Sin duda, que esta es la opción ecológica por excelencia). 

  2. Si decidimos reutilizar comprando la bebida en envase retornable, estaremos gastando el agua, los colorantes y el azúcar para fabricar el líquido y lavar el envase, así como el CO2 incluido en su transporte; pero al menos estamos ahorrando el aluminio y la energía con que se fabricó el envase.

  3. Si decidimos reciclar comprando la bebida en envase desechable, no estamos ahorrando gran cosa. Estaríamos gastando no sólo el agua, los colorantes y el azúcar para producir el líquido además del co2 para su transporte, sino la energía y demás costos incluidos en el reciclaje de ese envase de aluminio. Desde luego, al reciclar el envase estamos evitando la explotación de más bauxita (mineral con el que se produce el aluminio que es ciertamente un gran contaminante del agua), pero igual gastamos la energía que se necesita para fundir esas latas y formar otras nuevas.

De manera que, si el objetivo es cuidar la Tierra, la triada: reducir, reutilizar, reciclar deba ser en ese preciso orden, esto es, antes de reciclar debes reutilizar, y antes de reutilizar, considerar si se puede reducir. Antes de comprar una máquina reciclable para afeitarte todos los días piensa si la puedes comprar reutilizable; y antes de comprarla reutilizable piensa si puedes evitar afeitarte o al menos reducir tu número de afeitadas. Recuerda siempre que el mejor residuo es el que no se produce. 

Hay quienes critican la adopción de las 3R -en especial de las dos primeras: reducir, reutilizar– como una medida de extrema austeridad que socava el disfrute de la vida al impedir el goce de todas las comodidades que brinda la sociedad moderna. A ese respecto quizás debamos decir que la moderación y la prudencia en el gasto siempre han sido amigas de la vida buena. Ahorrar y cuidar los propios recursos fue el comienzo de una historia próspera para muchas familias en las que el gasto se orientaba a lo realmente importante sin dilapidar el presupuesto familiar en cosas superfluas o desechables, porque veníamos de una tradición enfocada en satisfacer la necesidad y no en crearla. 

De allí que, lo que para nosotros son necesidades, fueron lujos para nuestros antepasados. Algo tan simple como un pañuelo descartable, era algo impensable para una sociedad que usaba pañuelos de algodón para el cuidado personal; llevar la olla al restaurante para traer a casa la sopa del domingo sin siquiera imaginarse la figura de un domicilio o los recipientes desechables en que hoy nos la traen hasta la puerta, era una práctica juiciosa y consuetudinaria. Desde los empaques y la ropa, hasta los electrodomésticos y automóviles, todo era reparado, aprovechado y reutilizado hasta agotar su existencia. 

¿Fue esta vida miserable o austera en algún sentido? No, por cierto. Simplemente se disfrutaba de las cosas aceptando que había que incomodarse un poquito para tenerlas y sabiendo que, en cuanto hechas para durar, podían alargar su vida útil por varias generaciones sin perder un ápice de su valor o esplendor. Era simple y agraciado. Poder vestir el saco o el pantalón que llevó tu hermano mayor era un símbolo de raigambre, de tradición y conservación en una sociedad poco industrializada, teniendo a cambio el gozo y disfrute de una naturaleza limpia, de paseos en ríos cristalinos, de cabalgatas al aire libre, de comida exenta de químicos.

Así que, no hay duda de que orientar la economía a la reducción y reutilización como estrategias para frenar la producción y consumo disparatados es la primera y expedita manera de cuidar la Tierra. Si como sociedad no tenemos claro este orden y no adaptamos la economía más al servicio y la reutilización que a la producción inane de bienes para después tener que invertir recursos y energía en reciclarlos, es muy probable que caigamos en despropósitos que por bien intencionados que sean no dejan de ser despropósitos.

Para la muestra un botón. Cierto día, por casualidad, un ama de casa vecina abrió su refrigerador para enseñarme no recuerdo qué, y estaba repleto de jugos en cajita. Curiosa por la cantidad, le pregunté si le gustaba mucho ese tipo de bebida y de inmediato me respondió que no, que los había comprado porque en el colegio de su hijo estaban haciendo un concurso respecto a qué salón reciclaba más!!! Eso es poner las cosas patas arriba, aunque sea con la mejor intención. Si en lugar de decantarnos por la reducción y reutilización, lo hacemos sólo o primeramente por el reciclaje, la consecuencia obvia es un creciente aumento en la demanda de recursos, agua y energía que acabará colapsando el sistema, porque en lugar de ponerle coto a la sobreproducción de insumos y mercancías los va a demandar para poder mantenerse en funcionamiento. Los residuos son la materia prima de cualquier planta de reciclaje; de suerte que éstos fungirán como la excusa perfecta para revalidar el despilfarro.

De nuevo, esto no significa que el reciclaje no tenga un valor ecológico enorme, especialmente en estos momentos donde la industria de los empaques con sus residuos ha alcanzado literalmente todos los rincones de la Tierra. Pero hay que ser muy cautos a la hora de implementarlo, hay que saber que es un medio para limpiar lo que ya está atiborrado, no una estrategia para perpetuar y legitimar ese atiborramiento. Es a eso a lo que hay que atender.

Muchas expectativas se cuecen hoy día desde distintos sectores de la industria respecto a la posibilidad de llevar el modelo tecnológico hacia un modelo intensivo en reaprovechamiento, recirculando tanto cuanto se pueda sin ralentizar la producción. Cradle to cradle que en español significa de la cuna a la cuna es un trabajo de ingeniería de diseño que, apoyado en la ciencia y la innovación busca garantizar que toda materia prima se mantenga en una perpetua circularidad evitando que vaya de la cuna a la tumba como tradicionalmente se ha hecho. De allí su idílico nombre. Una alternativa que se aparta de la regla de las 3R reducir, reutilizar, reciclar o más exactamente de las dos primeras, apostándole al incesante reciclaje de materia y energía. Una especie de industria imparable, en la que todo sea diseñado para ser desmontado otra vez y así retornar a la tierra como nutriente biológico o como nutriente tecnológico (insumo) para un nuevo producto. Muy interesante sería; pero hasta que no comprendamos bien cómo funcionaría, cuál sería el tipo de energía empleada, cuál la logística de recolección y distribución, el tipo de materiales usados, las consecuencias de esas innovaciones y demás, lo prudente es apuntarle a la mesura.

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EL RECICLAJE NO ES MAGIA

El reciclaje es una de las estrategias más socorridas para lidiar con la basura, y la que tiene más prensa hoy por hoy. Sobre ella, quisiéramos en primera lugar, transcribir las palabras de Annie Leonard en su libro Historia de las cosas, que resumen lo paradójico del asunto: “El reciclado puede ser un arrullo tranquilizador que nos persuade de haber hecho nuestra parte cuando en realidad nada ha cambiado. Y también puede desempeñar un papel importante en la transformación hacia una economía más sostenible y más justa”. Una apreciación muy ponderada, habida cuenta del abuso que, en el imaginario popular, se hace de dicha práctica. No hay duda que el reciclaje puede ayudar a paliar el problema de la basura si se asume con las debidas precauciones y salvedades, y no como el recurso primero y último que automáticamente nos sacará del atasco.

Muchas personas creen que la técnica del reciclaje representa para el medioambiente una especie de pase mágico por el que las cosas quedan restituidas en su ser primigenio, que sólo es chasquear los dedos y ¡voilá! La prueba es que cuando instamos a alguien a no despilfarrar tal o cual recurso, la respuesta frecuente es un desenfadado “eso se recicla” con el que se nos invita a usar y derrochar sin reparo, pues el objeto o recurso en cuestión puede fácilmente ser traído de nuevo a la vida por medio del reciclaje. Muy lejos de la realidad. 

Cuando la práctica del reciclaje se analiza en profundidad, entonces queda claro que no se trata de magia, que no es como que si se recicla ya no hay problemas ambientales. Todo proceso de reciclaje es un proceso de transformación de materia, es decir, es un proceso físico-químico que consume recursos y genera residuos y, en consecuencia, presiona la capacidad de fuente y la capacidad de vertedero de la naturaleza*. Para verlo más claramente, tomemos grosso modo el reciclaje del papel en tres de sus etapas principales: recolección, lavado y secado.  

Empecemos por el acopio del material. En primer lugar, todo residuo de cartón o papel debe ser transportado a la bodega de reciclaje desde la fuente o lugar donde se produce, bien sea en el vehículo de quien lo desecha o en el camión recolector de la bodega recuperadora y, de allí, previa clasificación y embalaje, a la fábrica recicladora de papel propiamente dicha para su transformación, en vehículos de carga pesada. He aquí un primer recurso utilizado: el combustible. O sea que, por cuenta de ese transporte, ya tenemos un consumo energético además de una generación de residuos representada en la huella de carbono (CO2) liberado a la atmósfera.

El segundo gasto energético viene en la planta procesadora, cuando esos residuos de papel y cartón son depositados en una especie de tolva mezcladora o licuadora gigante llamada hidropulper y sometidos a un lavado o centrifugación para retirar las partículas o elementos ajenos a la fibra como arenas, lacas, alambres, cuerdas y demás. El consumo energético de un hidropulper con capacidad de 800 toneladas/día y una potencia de 1600 Hp (caballos de fuerza)[1] es de 1200 kw (kilovatios), lo que equivale a tener encendidas 20.000 bombillas de 60 vatios por 24 horas, con su consecuente huella ambiental. Que la energía eléctrica, a diferencia del combustible, no genere CO2, no significa que las hidroeléctricas al interrumpir el curso de un río y crear el desbarajuste que crean en un ecosistema, no tengan su propio impacto y, bien grande, en la naturaleza.

Pero la huella ambiental del proceso de lavado o depuración del reciclaje de papel no es sólo energética; se usan también aquí grandes cantidades de agua al igual que sustancias químicas como soda caústica, peróxido de hidrógeno y tensoactivos para poder que las fibras vegetales del papel (celulosa) se rompan y así separarlas de impurezas y tintes. Aunque el agua utilizada es, por lo regular, recirculada, esa recirculación implica por sí misma la implementación de un proceso de depuración químico o mecánico que permita usarla de nuevo, o sea, otro tanto en gasto de energía y recursos[2].

El proceso de lavado y centrifugación, por su parte, arroja dos cosas: una fibra o pulpa vegetal reciclada, y un residuo llamado lodo papelero. En cuanto a la fibra o pulpa vegetal, ésta es adicionada con nuevos químicos como hidrosulfuro, peróxido de sodio o de hidrógeno, u otros alternativos como el dióxido de cloro[3] para someterla a un proceso de blanqueamiento y refinamiento, todo lo cual supone más descargas y vertimientos a la atmósfera. Seguidamente, dicha pulpa es propulsada a unas mallas a través de las cuales empieza a escurrir agua y a formarse como una hoja de papel muy húmeda y de baja resistencia. Esta hoja de papel es luego prensada en unos rodillos desecadores a una temperatura de alrededor de 120°c hasta secarse por completo. Posteriormente, viene el proceso de calandrado o emparejamiento que tiene como resultado una hoja o pliego de papel reciclado. De manera que esta fase del proceso no sólo consume agentes químicos, sino energía eléctrica y también térmica; ésta última, procedente de calderas, con su propia huella ambiental representada en la quema de material fósil, o sea más liberación de CO2[4].  

Respecto al lodo papelero que es el residuo resultante, hay que decir que, en una empresa medianamente grande, puede ascender a 20 toneladas o más por día. Su composición, además de los remanentes y tintas, consiste principalmente en fibras de muy corta longitud, que cada proceso de reciclaje acorta aún más hasta hacerse completamente inviables para ser recicladas, por lo que se requiere agregar pulpa virgen para incrementar sus propiedades de resistencia. Resulta interesante constatar que en muchos procesos de reciclaje y, muy especialmente, en el del papel, se produce un desgaste o acortamiento de la fibra o pulpa que la hace menos apta para formar enlaces y consecuentemente una nueva hoja de papel, razón por la que no alcanza a superar en número los cuatro o cinco ciclos de reciclado. De allí que el reciclaje industrial del papel implique una continua pérdida de materia.

Ya en lo tocante a su disposición, el reto ambiental que plantea el lodo papelero es evitar que por gravedad se cuele aguas abajo y se esparza por todo el ecosistema contaminando lo que encuentre a su paso. Para evitarlo, debe ser enterrado en rellenos sanitarios o terraplenes de nivelación topográfica, lo cual es mejor que simplemente dejarlo correr; aunque igual constituye una contaminación de la tierra, “menos lesiva” porque se deposita en un punto específico pero que, acaba, por efecto de la lluvia, colándose al interior de los suelos.

En los últimos años se ha buscado aprovechar esos lodos en la fabricación de moldes para el empaque de huevos, caso en el que podemos hacer el mismo análisis: energía, tintes, consumo de queroseno en el horno de secado y demás. La fabricación de dichos empaques tendrá su propio gasto energético y de recursos e implicará una posterior generación de residuos una vez las cajas hayan cumplido su ciclo de uso.

Puede decirse, y con toda razón, que el reciclaje del papel ahorra toneladas de agua y energía mientras evita la tala indiscriminada de bosques, y es cierto; pero que igual impacta la naturaleza negativamente, la impacta. Y es eso lo que tenemos que aprender a leer en las cifras. Según la Agencia Federal de Medioambiente de Alemania (y estamos hablando de un país con políticas ambientales muy eficientes), la producción de papel reciclado ahorra una media del 78 por ciento de agua, el 68 por ciento de energía y el 15 por ciento de emisiones de CO2 en comparación con el papel fabricado con la llamada pulpa primaria, normalmente madera[5]. Una buena noticia, recibida con júbilo por parte de los consumidores, pero sin duda, necesitada de análisis ulteriores; porque cuando un dato se da en términos de ahorro, entonces parece como si todo fueran ventajas. Si le diéramos la vuelta al dato y, en lugar de decir que el papel reciclado ahorra un 78% de agua, dijéramos que gasta un 22% de agua que es lo que en realidad hace, y un 32% de la energía normalmente utilizada, y que además genera un 85% de las emisiones de CO2 usadas en la fabricación a partir de pulpa virgen (cualesquiera sean las cifras y sabemos que son muy grandes), entonces la cuestión aparece en su justa dimensión: el reciclaje ayuda a ahorrar, pero de ninguna manera evita el gasto. Si -por poner un dato al azar de los que pululan en internet- producir una tonelada de papel, gasta 17 árboles… cuando decimos que reciclar papel salva 12 árboles, lo que en realidad estamos diciendo es que gasta 5. Y 5 árboles talados son los suficientes para comprender que reciclar el papel no es la práctica que realmente cuida la naturaleza.

De suerte que afirmar que una cosa daña menos, no es lo mismo que decir que no daña. Claramente daña de todos modos. Lo propio podríamos decir de cada proceso de reciclaje. Hay que tener claro que cada uno tiene asociados sus propios problemas y secuelas ambientales; cada uno consume mayor o menor cantidad de energía, de agua, de materia prima, al tiempo que genera su propia toxicidad, vertimientos y emisiones. Hay muchas iniciativas de reciclaje intensivas en materiales e insumos como energía, tintes, esmaltes, pegantes, solventes, adhesivos, etc… que a su vez generarán su propia huella negativa tanto en su fase de producción como cuando el producto reciclado acabe su vida útil. De modo que lo más importante a tener en cuenta a la hora de reciclar, es que la huella ambiental dejada por el residuo reciclado no vaya a ser peor que la que dejaría simplemente tirarlo. En estos casos puede resultar preferible no reciclar el residuo que ahondar el daño.

Todo lo anterior, no es con el fin de que dejes de reciclar. Todo lo contrario, recicla todo lo que puedas, pero ten presente que esa no es la opción más eficiente a la hora de cuidar el ambiente, ni la primera a seguir. Así que no nos apuremos tan alegremente a derrochar con la excusa de que “eso se recicla”. Se requiere construir un orden lógico en torno a lo que verdaderamente resulta más ecológico, ambientalmente más adecuado. Ese orden ya ha sido enunciado: reducir, reutilizar y reciclar; ese es el tema de nuestra próxima editorial.

 
 

[2]file:///C:/Users/Marta%20Restrepo/Downloads/Dialnet-MetodosUtilizadosEnElDestintadoDePapelDesperdicioA-5001688%20(1).pdf  

 
 
 

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RELLENOS SANITARIOS, NO TAN SANITARIOS

El término sanitario proveniente del latín sanitas que significa sano, de buena salud, hace relación a la sanidad o higiene como elemento precursor de toda condición saludable. En ese sentido, y aplicado a la gestión de basuras, un relleno sanitario representa una opción higiénica respecto de sus predecesores, los arcaicos vertederos y estercoleros, la matriz a cielo abierto en que las sociedades preindustriales “resolvían” el problema de su basura.

Si se nos pidiera describir un relleno sanitario en pocas palabras, diríamos que es una gran bolsa de basura subterránea en la que los residuos se mantienen “aislados” del mundo exterior, y a la que se instalan aberturas y chimeneas que le permitan liberar lixiviados (jugos pútridos de la basura) y gases que, de otra manera, podrían generar incendios y explosiones. 

Por supuesto, se trata de una excesiva simplificación. Los rellenos sanitarios son complejas obras de ingeniería que comienzan con un estudio de suelos para determinar su viabilidad e impacto ambiental. Para describirlos, voy a permitirme entrar en cierto detalle con el objeto de apreciar lo que está en juego cuando hablamos de opciones saludables en el manejo de basuras. Así que si quieres enterarte de qué está pasando con tu basura, regálate unos minutos para ver lo que hay detrás. 

En primer lugar, existen varios modelos de rellenos sanitarios (tipo área, tipo trinchera, tipo pendiente) dependiendo de la topografía del terreno y de la distancia a que se encuentren los acuíferos o aguas subterráneas de su instalación, pero todos ellos implican un movimiento o excavación de tierra para la creación de celdas o depósitos para albergar la basura. De manera que lo primero es proceder a la impermeabilización del suelo a fin de mantener convenientemente aislados los residuos; todo lo cual se logra superponiendo diversas capas de arena, geomembranas (lámina sintética impermeable de alta densidad, resistente a químicos y a la exposición solar, para la contención de fluidos) y material geotextil (malla flexible y porosa compuesta por fibras sintéticas con gran resistencia a la perforación y la tracción, que ayuda a drenar líquidos) sobre su superficie.

El llenado de las celdas, por su parte, se hace mediante capas de basura eficientemente compactadas y cubiertas con tierra y arcilla, lo cual redunda en su vida útil. Entre más compactos los residuos, más vida útil tendrá el relleno sanitario, pues más basura podrá albergar. La compactación y cubrimiento de los residuos, tiene también el propósito de evitar la entrada de aire y agua lluvia de modo que la basura permanezca lo más seca posible, evitando pudrición y mayor generación de gases y lixiviados. Con ese fin precisamente es que se construyen canales perimetrales para captar el agua en las márgenes del relleno, impidiendo que vayan directamente a su centro. 

De igual modo y dado que los rellenos sanitarios albergan el más variopinto y nauseabundo tipo de residuos, cuentan también con un importante sistema de filtración y drenaje para conducir por medio de una pendiente dichos lixiviados hacia el exterior, impidiendo su filtración en el subsuelo. Las tuberías subterráneas se encargan así de canalizarlos y verterlos a una piscina externa igualmente impermeabilizada, en la que se airean para acelerar el proceso de degradación de la materia orgánica.

Como parte del monitoreo de los vertimientos líquidos, a ambos lados de las celdas se instalan unas tuberías o pozos de control para verificar que las aguas subterráneas no se estén contaminando con los lixiviados. Puesto que la materia orgánica produce a su vez biogás o gases vertedero (dióxido de carbono principalmente y trazas de monóxido de carbono, mezcla de metano, sulfuros, benceno, cloruro de vinilo, etc…), los rellenos sanitarios cuentan así mismo con chimeneas diseminadas por toda su superficie para su salida y disipación, evitando posibles explosiones y conflagraciones. Una tarea minuciosa para evitar contener un problema de tan vastas proporciones. Sólo tienes que pensar en el olor de tu bote de basura y sumarlo con el de los miles de habitantes de tu ciudad, para que pálidamente te imagines el hedor y la contaminación con la que se lidia en un relleno sanitario.

Cuando se considera que el relleno ha terminado su vida útil, esto es, ha llegado a la altura proyectada, se da paso al proceso de clausura colocando una capa de arcilla de gran espesor como cubierta, y sobre ésta una segunda capa de tierra negra. Por último, se cubre con césped o cobertura vegetal para darle una apariencia natural. Se monitorea durante un periodo de aproximadamente veinte años, dando lugar al respectivo asentamiento del terreno, y finalmente se procede a su posclausura o destinación final como parque recreacional, jardín botánico o área de estacionamiento.

De esta manera, se cumple el objetivo de los rellenos sanitarios y su promesa de mejoramiento ambiental que consiste en mantener la basura lo más aislada y hermética posible a fin de evitar la contaminación de aguas y suelos, así como la diseminación de plagas y enfermedades. Un objetivo plausible que cualquiera puede suscribir desde el punto de vista teórico; el problema es, qué tan factible es de llevar a la práctica, valga decir, qué tan fácil es mantener un material altamente contaminado indefinidamente confinado en un espacio artificial. 

Lo que muestra la experiencia en múltiples lugares y circunstancias, es que la inmunidad del objetivo está más allá de toda expectativa razonable dada las proporciones del fenómeno. La razón es clara: todos los rellenos sanitarios pierden líquido independientemente de qué tan bien construidos estén.

La pérdida de líquido (lixiviados) puede darse de dos maneras, por el efecto bañera o por daño en los revestimientos. En el primer caso se trata de un rebosamiento de las celdas o cámaras a consecuencia del taponamiento de los ductos de recolección, o bien del excesivo nivel de precipitaciones. Cuando la pluviosidad (cantidad de lluvia) supera los límites corrientes, no hay canales ni ductos que puedan contener su desborde y allí es evidente que el agua traerá consigo toda la podredumbre y tóxicos que encuentre a su paso. La lluvia, a pesar de todas las precauciones tomadas, se cuela por cualquier intersticio, mezclándose con todos los remanentes, escoria y desperdicios emanados de la basura. Piénsese en los residuos de tintes, pesticidas, medicamentos, maquillaje, solventes, metales pesados de las pilas, restos orgánicos y demás, que el agua lluvia potencia y recoge a su paso hasta producir el putrefacto y peligroso caldo que propiamente llamamos lixiviado que, más tarde o más temprano, terminará colándose en la tierra y en los acuíferos que están en su interior. 

El segundo evento de pérdida de líquidos en los rellenos sanitarios tiene que ver con el material de que están hechos. Ciertamente la industria de los sintéticos ha alcanzado un desarrollo astronómico en cuanto a resistencia de materiales se refiere; éstos resisten la tracción, la luz solar, los ácidos, y un sinnúmero de cosas más; pero ¿por cuánto tiempo? ¿Cuántos años, décadas o siglos durará antes de romperse definitivamente? No hay nada, nada… que el paso del tiempo no pueda corroer. Cualquier material está sujeto al deterioro, a la degradación, a la consunción. Lo que hoy parece impenetrable, con el paso de los años se revela poroso, lo más sólido se vuelve deleznable; con mayor razón los revestimientos de los rellenos sanitarios que están permanentemente expuestos al embate de los objetos cortopunzantes y a los materiales corrosivos presentes en la basura así como a la actividad de los roedores y la fauna silvestre, los movimientos telúricos y los vientos huracanados. 

Es ingenuo creer que un armazón de esas proporciones y características va a permanecer sellado y aislado perpetuamente; mucho más cuando lo que se está poniendo en riesgo son los acuíferos que, pueden resultar contaminados con sustancias letales como arsénico, mercurio y amoníaco entre otras, y cuya renovación tarda miles de años, siendo la reserva de agua dulce más importante que tenemos frente al colapso de los ríos. Sin duda, que estamos empeñando el futuro.

Esto en lo que tiene que ver con líquidos. Hablemos ahora de los gases. Los rellenos sanitarios están llenos de compuestos orgánicos volátiles (COV), que son sustancias químicas tóxicas e inflamables que se evaporan a temperatura ambiente, y que al ser inhalados generan desde irritación ocular hasta diversos tipos de cáncer. Los restos de pinturas, solventes, pegantes, pesticidas y demás, despiden vapores que afectan notoriamente la salud de las comunidades adyacentes a los depósitos municipales de basura. Cuanto impacta la basura, la calidad de vida de las personas que diariamente se tienen que enfrentar a ella sea como recolectores, recicladores o vecinos de un basural, es algo sobre lo que aún no se ha tomado suficiente consciencia. 
 
Ahora bien, de entre todos los compuestos orgánicos volátiles, el más frecuente en los rellenos sanitarios es el metano. Proveniente de la materia orgánica en descomposición, es un poderoso gas de efecto invernadero mucho más potente que el CO2. Según expertos, frenar las emisiones de metano ralentizaría en gran medida el cambio climático. O sea que además de la ganadería y el pastoreo, la industria automovilística y la explotación de hidrocarburos, los rellenos sanitarios cumplen también su cuota en lo que se ha dado en llamar calentamiento global.
 
Por todas estas razones, podemos afirmar que acopiar la basura en canecas y camiones para después llevarla al relleno sanitario, lejos de ser la solución del problema, constituye un aplazamiento del mismo, equivale a barrer la casa y meter la basura debajo de la alfombra de donde tarde o temprano volverá a nosotros multiplicada. Multiplicada porque sustancias, escombros y fragmentos que en principio no eran venenosos o nocivos, lo serán por efecto de su mezcla indiscriminada con productos que sí lo son, aumentando grandemente su impacto. 
 
Supongo que a esta altura ya habrás visto lo inútil y poco conveniente que resulta esconder la basura bajo tierra. Una solución ambientalmente disonante y además poco estética. Pues, aun si funcionara, si los materiales no sufrieran corrosión ni degradación ni estuviéramos en riesgos de generar contaminación incontrolada a gran escala, la estrategia de acopiar la basura, enterrarla y maquillar luego la superficie como diciendo aquí no ha pasado nada, es hacer lo mismo que hacen nuestras mascotas felinas. Hay algo muy inquietante y desagradable en pensar que caminamos sobre montañas de escombros, podredumbre y veneno. De suerte que si la etimología latina del término sanitario remite a salud, los rellenos sanitarios son todo, menos saludables.

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“PONGA LA BASURA EN SU LUGAR”

Hace alrededor de 30 años, nuestra sociedad iniciaba una esforzada campaña cívica para que los transeúntes depositaran las basuras que generaban a su paso en las canecas apostadas sobre la vía, con el popular eslogan ponga la basura en su lugar. Se trataba de una exhortación a no abandonar los residuos en las calles o en parajes inadecuados en los que pudiera causar algún daño, y más bien acopiarlos en canecas y puntos definidos que facilitaran su expedita recolección y posterior depósito en un espacio cuidadosamente pensado para ese fin: el relleno sanitario.

Ingentes políticas públicas y privadas para la educación de la ciudadanía que incluían muy activamente a la escuela acabaron por convencernos de lo bárbaro e insalubre que resultaba aquello de arrojar desprevenidamente residuos y papeles en plena calzada. Así que la empresa resultó todo un éxito, y puede decirse que casi nadie hoy se atreve a arrojar impunemente ni un pequeño trozo de papel a la calle y que, cuando alguno lo hace, es de inmediato censurado, por lo menos, en la mente de sus observadores. Una acertada medida que nos ha librado de, literalmente, caminar entre escombros y desperdicios.

Pero hoy, tres décadas después de haber seguido juiciosamente los instructivos y disposiciones municipales y gubernamentales, de haber sensibilizado a la ciudadanía con el “correcto” despacho de sus residuos, de haber llenado cientos de celdas y cámaras[1], de haber registrado importantes emergencias ambientales y sanitarias entre las que se cuentan derrumbes[2] y conflagraciones[3] además de contaminación propagada en suelos, aguas y atmósfera[4], de haber atendido numerosos problemas de salud, cáncer y malformaciones genéticas en niños y animales[5] asociadas con el funcionamiento de los rellenos sanitarios, tenemos al menos que preguntarnos si ese sí era el lugar de la basura; porque a juzgar por las consecuencias generalizadas, podría concluirse que ahí no va.

¿Hay acaso algo que hayamos entendido mal con los rellenos sanitarios? ¿Será quizá que los hemos construido demasiado cerca de las ciudades y poblados y por eso han generado los problemas de contaminación que generan? ¿Será que trasladándolos unos cientos de kilómetros más allá, a sitios desolados en los confines de la Tierra podremos, por fin, encontrar su lugar ideal y decir sin temor a equivocarnos ponga la basura en su lugar, con la absoluta certeza de poder esquivar sus funestas consecuencias?

Si es esa la solución en la que estamos pensando para salir del embrollo, permítasenos sugerir que el problema de los rellenos sanitarios puede no estar realmente en su ubicación, sino en su concepción misma, y en lo que obvian al pretender un espacio artificiosamente confinado y aislado dentro de la naturaleza. La raíz del problema estaría en nuestras mentes cartesianas eminentemente mecanicistas para las que el mundo es un agregado de partes inertes y estáticas cuidadosamente yuxtapuestas -puestas cada una al lado de la otra- con apenas alguna relación entre sí. Por eso, se nos ocurre pensar que podemos disponer de espacios suficientemente alejados o pretendidamente baldíos o estériles para albergar enormes masas de residuos tóxicos. Y soñamos con que esa basura no corromperá nada en ese espacio ni sus alrededores, presumiendo que el tiempo y la dinámica natural de la Tierra obedecerán solícitamente nuestros diques y disposiciones.

Qué lejos está esa imagen particionada, suspendida y estacionaria, del verdadero entrelazamiento y agitación que, en cambio, caracterizan a la naturaleza en su conjunto. Contrario a un agregado de partes, la Tierra constituye un intrincado sistema de subsistemas múltiplemente interconectados, no importa a qué distancia se encuentren los unos de los otros. De manera que lo que ocurre -los ritmos y conmociones- en una de sus partes, repercuten con inusitado vigor y fuerza en todas las otras. Cualquiera de sus ciclos nos los puede confirmar. Como ejemplo, el transporte intercontinental de nutrientes entre África y América.

Las arenas del Sahara, el desierto más grande del mundo, están compuestas de elementos químicos como carbonato, calcio, fósforo y sílice de antiguos microorganismos fosilizados, y cada año (entre mayo, junio y julio) viajan en una proporción de 60 a 180 millones de toneladas, por el océano atlántico -empujadas por los vientos alisios- hasta el continente americano, precipitándose por simple gravedad o en forma de lluvia sobre la Costa Caribe y la Selva amazónica[6]. Este polvillo proveniente del Sahara, lleno de nutrientes, es usado por el fitoplancton -algas unicelulares presentes en todos los ríos y océanos del mundo- para nutrirse y formar un caparazón por el que se les conoce con el nombre de diatomeas (las diatomeas son organismos fotosintetizadores encargados de absorber el CO2 atmosférico y liberar oxígeno. Se trata de los omnipresentes pulmones planetarios, cuya función es producir la cuarta parte del oxígeno terrestre).

Cuando las diatomeas mueren y su caparazón se va al fondo del océano, una parte de esos caparazones forma pesados sedimentos de piedra caliza que se hundirán gradualmente hasta fundirse en el manto terrestre y convertirse en material volcánico que será enviado de nuevo a la atmósfera con cada erupción; la otra parte, será transportada al Polo Norte por medio de las corrientes marinas que son producidas por factores como la rotación de la Tierra, las diferencias de temperatura y la salinidad del agua. El río Amazonas, que aporta el veinte por ciento del agua dulce que ingresa a los océanos afectando su salinidad, juega un importante papel en las corrientes marinas que fluyen hacia el ártico y calientan las aguas polares regulando el clima planetario[7]. Pero no sólo eso, a causa de las diatomeas que se formaron con el polvillo venido del Sahara, esas corrientes marinas alimentadas por el Amazonas influyen en la redistribución de los organismos acuáticos que se desplazan en busca de los nutrientes concentrados en sus caparazones. De suerte que pese a todo lo alejado e inerte que pueda parecernos un desierto al otro lado del mundo, de éste depende la nutrición y, por ende, el mapa de los ecosistemas marinos de un importante sector del Atlántico.

Pero el polvo del Sahara no sólo trae nutrientes, también transporta bacterias, virus, esporas, mercurio y pesticidas que los vientos recogen en su paso por zonas deforestadas de los países del sur del Sahara[8], afectando la pirámide ecológica marina (corales y bacterias)[9] del Mar Caribe y provocando alergias y crisis asmáticas[10] en la población caribeña que empieza a presentar cuadros gripales y respiratorios además de procesos virales debidos al tamaño de las micropartículas que se hacen más pequeñas y, por ende, más respirables, mientras viajan.

De esta forma, tres regiones del Planeta: el desierto del Sahara, la Amazonia y el Polo Norte que, a su vez, están separadas por alrededor de 8 mil kilómetros las dos primeras, y 10 mil kilómetros las dos últimas, están todas conectadas en un suministro planetario que deja entrever hasta qué punto la naturaleza es un continuum; una misma materia en incesante reciclaje natural, que todo lo recombina y entremezcla perenne e indefectiblemente. Lo vivo y lo no vivo coexisten y se determinan entre sí: “No podemos ya pensar en rocas, animales y plantas separadamente. La teoría Gaia demuestra que existe una íntima relación entre las partes vivas del planeta (plantas, microorganismos y animales) y las no vivas (rocas, océanos y atmósfera)”[11].

De suerte que esos espacios que considerábamos separados, áridos e infértiles son, ecológicamente hablando, de lo más cruciales y fecundos para la totalidad del sistema Tierra. En esas circunstancias es lícito preguntarnos dónde queda el lugar de la basura que hace más de tres décadas creíamos haber descubierto, ¿dónde podríamos depositarla garantizando que no haga daños, que no envenene nuestros alimentos, que no sea alcanzada por un fenómeno natural que la involucre en un ciclo de retroalimentación más grande, multiplicando así sus efectos perniciosos? Creemos que la respuesta es contundente:

No hay un lugar para la basura en un planeta totalmente interconectado y recirculante en el que lo vivo y lo no vivo son mutuamente interdependientes. La conocida consigna ponga la basura en su lugar no tiene un referente en la realidad porque si, ni las rocas, ni los desiertos, ni lo más desolado del Planeta está exento de participar en el ciclo de la vida, es obvio, que cualquier cosa que depositemos allí bajo el concepto de basura, más tarde o más temprano se incorporará a los ciclos biogeoquímicos -oxígeno, nitrógeno, carbono, azufre, fósforo- de autorregulación planetaria, desencadenando toda suerte de consecuencias funestas para todas las criaturas del Planeta. La cuestión debe ser replanteada. Nos urge encontrar otra salida al problema de las basuras que no sea desecharlas. ¿Qué tal si empezamos por replantear el viejo eslogan de ponga la basura en su lugar, por uno más acorde con los ciclos y ondulaciones de la naturaleza, uno que nos integre en ese movimiento de una manera más proactiva y decidida? ¿Qué tal uno como ponga el residuo a circular?

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

[11] CAPRA, Fritjof. La trama de la vida, Barcelona: Anagrama, 2003. P.122.

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¿QUIÉN CARGA CON TU BASURA?

“Vivir al lado de este monstruo es como vivir en el infierno. No se puede comer. Si usted se sienta con una papa o un pedazo de carne, lo primero que come son moscas”*. Es difícil ignorar el S.O.S. oculto en una declaración como ésta. Casi se puede experimentar la revulsiva sensación de tener un cuerpo extraño y viviente en la boca, y la tremenda impotencia, rabia y frustración de quien está inmerso en una tragedia insoluble que igual le supera en magnitud. Si el acto más simple y sagrado para todo ser vivo es ingerir su alimento, y éste se ve envilecido y estropeado por la presencia de plagas que lo sabotean y corrompen ¿Qué es entonces la vida en ese lugar? Un infierno, ciertamente.

Cada día miles de personas en países desarrollados y no desarrollados tienen que soportar pasivamente las consecuencias de vivir en barrios y poblados aledaños a las inmediaciones de un relleno sanitario. Un destino que nadie quiere para sí, pero que por una u otra circunstancia muchos tienen que enfrentar y padecer cotidianamente con todos sus corolarios. Cuántas y cuáles son las secuelas de vivir en una atmósfera cargada de gases pútridos, es algo que conocen bien los directamente afectados; desde enfermedades cutáneas, oftálmicas y respiratorias hasta gastrointestinales y urinarias, componen el cuadro que, según cifras**, son comúnmente atendidas en los hospitales y puestos de salud de las localidades periféricas. Claro que una cosa es decirlo y convertirlo en una estadística, y otra muy distinta padecerlo. Tener que usar gafas oscuras y tapabocas todo el tiempo en tu barrio y en tu propia casa para evitar que el aire contaminado afecte tus pupilas y te arda en la garganta, es estar muy lejos de tener una vida digna; es sencillamente estar siendo víctima de una decisión ajena que te condena a vivir en condiciones infrahumanas consumiendo lentamente tu salud sin que puedas hacer nada para remediarlo.

Y a esta muerte lenta se le pueden sumar aun otras más contundentes, las muertes por conflagraciones, deslizamientos y derrumbes provocados por el invierno, que falsean grandes porciones del relleno y se precipitan a los ríos taponándolos, llevando a su paso a los lugareños desprevenidos. Todo un drama social y humano que hace que la conexión con la tierra se convierta en una tragedia y una fuente constante de zozobra, desdicha y vergüenza para sus moradores; porque el terruño que otrora fue el hogar en el que transcurrió felizmente la niñez y el patrimonio que los padres legaron a los hijos y a las generaciones futuras, es ahora un terreno corrompido, con una atmósfera viciada, un lugar aborrecido e insufrible en el que se tienen que quedar porque sencillamente nadie más lo quiere habitar, ni visitar, ha perdido todo su valor comercial y sentimental. De suerte que el problema no es solamente que los vecinos de los rellenos sanitarios estén padeciendo las consecuencias insalubres de la basura, están siendo además revictimizados al ser social y económicamente segregados, como si no fueran ellos precisamente las víctimas y quienes silenciosamente cargan con los efectos del accionar colectivo.

Es difícil apreciar la magnitud de nuestras acciones cuando sus resultados se producen lejos de nuestra vista y a varios kilómetros de distancia. Enviar camiones cargados con miles de toneladas de basura al relleno sanitario cada día, puede parecer la acción más trivial e incluso cívica del mundo en cuanto impide que las calles y la ciudad en general naufraguen en la basura, pero tiene unas consecuencias y un lado oculto que nadie se atreve a mirar: el hecho claro de que la basura se está acumulando mientras pone en jaque grandes sectores de la población. Claramente, la basura no desaparece porque ahora mismo no esté haciendo parte de tu paisaje, porque no la estés viendo en tu calle; está en otra calle, haciendo parte de otro paisaje, perturbando la vida cotidiana de otras personas, afectando su salud, afligiendo su mente, ensombreciendo su futuro.

Empezar por el drama humano es una buena forma de empezar a visibilizar un problema en tanto que, como humanos, tenemos la posibilidad de empatizar con él, de sentirlo como nuestro. Hoy, muchas comunidades claman No más relleno sanitario en tal o cual lugar o población deseando que las autoridades tomen cartas en el asunto y se lleven el tormento a otra parte. Tenemos que ser capaces de escuchar su clamor y sentir su dolor porque sin duda están sufriendo, y temen con razón las nefastas consecuencias de esa oscura acumulación de residuos; pero tenemos que aguzar aun más el oído para escuchar el mismo clamor en el futuro, el de las comunidades venideras que van a sufrir las consecuencias de su reubicación en otros lugares; debemos tener la sensibilidad para adivinar que en cualquier lugar donde éste se reubique tendrá las mismas y funestas implicaciones. Así que la consigna acertada es No más relleno sanitario en ninguna parte. No podemos trasladarle a nadie esos padecimientos y esa desazón. No podemos tolerar como sociedad que otras personas carguen injustamente con las consecuencias de nuestro consumo. Requerimos acciones inmediatas de parte de las autoridades, de los operadores del servicio, de los industriales y comerciantes, de los ciudadanos en masa, demandamos un cambio de chip para dejar de envenenar la tierra y a sus habitantes, un cambio que se puede hacer con sólo tener la voluntad de hacerlo.

 

Por el momento, y mientras esas acciones colectivas llegan, hazte cargo de tu parte. Empieza por preguntarte cada día camino al shut de basuras de tu edificio o conjunto, o simplemente al dejar tu caneca llena de desperdicios en la acera, a quién le estás mandando enfermedad, segregación y dolor. Pregúntate a quién estás poniendo a cargar con las consecuencias de tu consumo, y seguidamente pregúntate cómo podrías evitar ese resultado. He ahí un buen comienzo para empezar a solucionar el problema.

 

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VIVIR ES CONTAMINAR

“Vivir es contaminar” es la frase lapidaria con la que Arne Naess, el filósofo y activista noruego creador de la Ecología Profunda, aludía a la carga que, para el ecosistema, representa la proliferación de seres humanos afanosos de satisfacer sus propias necesidades y deseos. Una afirmación contundente, que manifiestamente señala que toda vida genera unos pasivos o consecuencias dentro del ecosistema. Lo que es innegable; baste pensar en el ejercicio de la respiración, que extrae oxígeno de la atmósfera para luego liberar en ella CO2.

 

Toda especie viva establece con el entorno unos flujos de materia y energía delicadamente entretejidos durante millones de años que, necesariamente se afectan conforme los individuos de esa especie aumentan en número y en demanda de recursos. La especie humana no es la excepción. Una cuestión, por demás, espinosa que no deja de tener aristas y generar controversias de todo tipo.

 

En el ámbito del Desarrollo sostenible, mucho se ha hablado de la disputa entre el Norte rico y derrochador, y el Sur pobre y sobrepoblado, mientras unos y otros se tiran la pelota. El Sur, diciendo que lo que más contamina es el estilo de vida opulento y malgastador de los países del Norte, y éstos, señalando que es la superpoblación y la falta de tecnología de las sociedades “tercermundistas” lo que ha generado la problemática ambiental (muy a pesar del descenso en las tasas de natalidad)*.

 

No faltan razones de parte y parte; así que no vamos a tomar partido por unos o por otros; consideramos que el problema estriba en la desmedida demanda de recursos que, igual puede darse por superpoblación que por malgasto. Si somos demasiados, no habrá ríos para contener nuestros detritos ni tierra para satisfacer nuestra demanda de alimentos. Es evidente que la superpoblación puede hacer colapsar cualquier sistema llámese sanitario, de transporte o de salud, y la naturaleza es también uno de ellos. Lo propio puede decirse del estilo de vida acomodado y sobreabundante promovido por la super industrialización que pone en jaque la naturaleza con su comercio global, su generación de desechables y su idea de crecimiento ilimitado.

 

Así que el problema no es político ni económico, el problema es de concepto, de simple lógica, de entender que no se puede crecer ilimitadamente en un espacio finito. No nos equivoquemos pensando que hay soluciones mágicas para mantener activas ambas variables. Ni el más eco ambiental de los productos, ni el más biodegradable, ni el más innovador y favorable, puede aguantar los ritmos de la demanda masiva y continuada, porque más temprano que tarde generará su propio colapso. Cualquier medida, la más bien intencionada, se revela inútil y aun contraproducente cuando se la confronta con las variables población e industrialización. De suerte que es a cada uno como consciencia individual, a quien le compete tomar las decisiones que confluyan hacia la disminución resuelta de la despiadada demanda de recursos que nuestras sociedades industrializadas y sobrepobladas han impuesto sobre la naturaleza, mientras se encuentran maneras éticas y democráticas de hacerlo como sociedad.

 

Por lo pronto, la declaratoria “vivir es contaminar” nos alerta respecto a la conmoción y disturbio que nuestra propia huella genera en el entorno. Somos la última especie en llegar, y la más perturbadora. Desconocedores de la delicada trama en que se han tejido las relaciones ecosistémicas por eones, no parecemos tener preocupaciones distintas a la inmediata satisfacción de nuestras necesidades y deseos, sin importar qué o a quién nos llevamos por delante.

 

Es solamente cuando se comprende que la vida es un tejido en el que la más “modesta” de las bacterias ha jugado un papel fundamental en todo el entramado, cuando se comprende lo pequeña y lo grande al mismo tiempo que es una vida individual, y lo precaria y efímera que resulta la nuestra. Una perspectiva biocéntrica en la que el centro lo ocupa la vida en general y no una especie en particular, y en la que no hay lugar a hablar de jerarquías porque resulta obvio que lo más simple nutre y da soporte a lo más complejo; una perspectiva sistémica en la que ningún ser es biológicamente más importante o fundamental que otro, simplemente porque cada cual coadyuva en el bienestar y mantenimiento de la totalidad.

 

Desde este punto de vista, es claro que la tarea que nos urge como género humano es repensar nuestro lugar en la naturaleza; entender que somos sus huéspedes temporales… unos invitados más, y no sus poseedores definitivos. Si evolutivamente hablando, somos la última especie en llegar, no estaría mal una buena dosis de humildad y agradecimiento que nos impidiera entrar en acaparamientos. No hay que hacer la del remolón de la fiesta, que llega de último, se come el pastel de todos los invitados y luego busca en las habitaciones que más puede llevarse en los bolsillos.

 

Por eso, cuando la actual economía nos habla de crecimiento ilimitado, de superación de los indicadores del año inmediatamente anterior, de aumentar el PIB, es como si no se diera cuenta de que todo ese crecimiento implica una sobreexplotación de los recursos naturales y una recarga sobre los ecosistemas que bordea peligrosamente los límites de suficiencia del Planeta y, por ende, la supervivencia de todas sus especies incluida la nuestra. La ingeniosa y chispeante advertencia de que no le saque la piedra a la montaña, es también una máxima de prudencia para advertir que la explotación continuada de recursos puede tener unas consecuencias catastróficas.

 

Parece obvio que la primera acción que debemos emprender como sociedad consiste en moderar nuestras pretensiones. De allí que la tarea de los actuales líderes sea instaurar una nueva economía acorde con el ser y los ritmos de la naturaleza. Entender que el Planeta es finito es la primera de las lecciones que debería darse en la escuela como básico principio de realidad, de simple supervivencia. Que la Tierra tiene unos condicionamientos físico-químicos y energéticos más allá de los cuales no puede funcionar, es la premisa fundamental de toda educación, y es sobre esa premisa que debería plantearse cualquier política pública, cualquier economía y cualquier proyecto de vida viables hacia el futuro.

 

Si vivir es contaminar, tratar de minimizar esa huella debe ser el propósito de todo ser humano racional y sensible como simple retribución por su hospedaje gratuito. Así que… ¿qué tal si en el marco de esa afirmación, volvemos a barajar nuestra relación con la naturaleza, y en lugar de creernos los propietarios indiscutibles, adoptamos la actitud modesta y comedida del visitante delicado e instruido, y aunamos esfuerzos para que la contaminación inherente a nuestro ser y estar en el mundo no desborde la capacidad de resiliencia de nuestra magnifica hospedera, la Tierra?

 

* Que las estadísticas en varios países marquen un descenso teórico en las tasas de natalidad, no niega las abrumadoras oleadas de migrantes que diariamente vemos en los noticieros tratando de atravesar las vallas fronterizas, y la apremiante sensación de aglomeración por escasez de oportunidades y recursos.

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